Nada tiene que ver con Chile. En esta columna me refiero o me remito -como quiera llamársele- a otra escrita en el diario Perú 21, editado en Lima, donde desde hace apenas unas semanas, aunque ya podemos hablar del mes, gobierna Keiko Fujimori. Sí. Nuevamente un Fujimori.
La leí y al terminarla me surgió una pregunta que creo válida: ¿y cómo andamos por casa?
Abogado, periodista, escritor, Alfredo Gildemeister, el autor, titula Horror y consternación su columna en el diario Perú 21.
La sitúa, por cierto, en su país, nuestro vecino Perú, pero me lleva o nos lleva a preguntarnos: ¿qué habrán encontrado los funcionarios del Gobierno de Kast en las distintas dependencias públicas tras el paso de la administración Boric?
Es verdad. Nosotros hemos tenido una estabilidad institucional que no puede compararse con los ocho mandatarios que han pasado por el imponente Palacio Pizarro en estos últimoz diez años, pero… volvamos a Chile: ¿hay orden en nuestros ministerios? ¿Y en las otras reparticiones públicas, de norte a sur del país? ¿Cómo anda nuestra criolla administración pública?
Me olvido de Chile y cito, por supuesto con la autorización del autor, párrafos de su columna que no dejan de aterrarme, quizás pensando que sus alcances pueden ser internacionales, al menos en América Latina y en la madre patria.
Pongámonos en el escenario: llegan Keiko Fujimori y su gabinete a hacerse cargo del gobierno peruano. Ahora transcribo textual y uso las comillas para no perdernos… entre tanto papeleo:
“El ministro (el ministro peruano, se entiende, pero puede perfectamente tener su símil en Chile y no solo en el área Salud sino en otras áreas) ingresó calladamente a la sala. Todo el personal lo miraba en silencio. Algunos lo saludaban con cierta adulación, otros con cierto temor y alguno que otro con respeto, guardando un silencio de ultratumba. Lo que estaba viendo el ministro no le gustaba nada. Habían pasado tan solo unos cuantos días desde su juramentación, la cual había despertado ciertas suspicacias entre periodistas y políticos de la oposición: “¿Quién es este? ¡Pero si ni siquiera es médico! ¿Qué sabe este de salud? (…) El ministro siguió avanzando. Era consciente que se enfrentaba a una burocracia de muchos años y que lo veían como una amenaza a su ‘zona de confort’ de años de hacer poco o nada y ganarse un sueldo de la nada”.
Prosigue el columnista:
“El ministro, para sorpresa de todos, comenzó a meterse y a caminar por cuanta oficina, sala y recoveco encontró, ante la mirada cada vez más aterrada del personal que lo acompañaba y lo observaba con los ojos abiertos como platos. Los comentarios que soltaba el ministro iban como se diría, in crescendo a medida que ingresaba en una oficina o en un archivo o en una sala con equipos médicos abandonados, y encontraba más y más desorden, montañas de papeles y escritorios con decenas de personas de mirada perdida y aburrida que lo miraban como diciendo quién es este que me mira tanto. Es el ministro les decían. El ministro comenzó a preguntar a algunos, casi con cierto temor ante las respuestas que ya intuía: ¿Y tú qué haces aquí? Y le respondían: pongo un sello en estos papeles, firmo estos papeles, archivo tales papeles, llevo de aquí a otra oficina estos papeles, Yo traigo aquí papeles de otra oficina, yo fotocopio estos papeles, etc. Burocracia, burocracia y más burocracia. Al ministro solo se le vino a la mente los miles de pacientes de todas las edades, esperando horas de horas en las puertas de los hospitales el ser atendido, escuchados, tratados, curados, intervenidos, etc. mientras estas personas de manera autómata firman, sellan y archivan papeles. Las expresiones del ministro ya no son recatadas ni guardan las formas, con asombro exclama para sí mismo: no lo puedo creer, es increíble. Dios mío, etc. hasta un mierda soltó ante una columna por no decir montaña de files de palanca repletos de papeles -órdenes de servicios decían que eran- de más de tres metros de altura en pasillos de medio metro de ancho. Al encargado de ese archivo el ministro le soltó con cierta sorna -pues ya no sabía si llorar o reír ante lo que veía- Tu aquí en un temblor quedas sepultado”.
La columna continúa. Me detendré aquí. ¿Habrá alguna similitud con algún ministerio o repartición que se encuentre en nuestro territorio? Me temo que la respuesta puede ser afirmativa.
Finalmente, una aclaración: la columna de Alfredo Gildemeister fue escrita antes del terremoto que recientemente remeció algunas zonas del Perú. No sabemos cuántos fueron los montones y las rumas que, naturalmente, se desplomaron.
Lillian Calm