Cuando supe, esa mañana que, simplemente, no había despertado -le faltaban solo días para cumplir los 94 años-, no pude dejar de pensar: así parten los hombres buenos, sin estridencias. Sin estridencias, me repetí. Aunque es imposible olvidar esos estridentes recibimientos con los que Fernando Zegers Santa Cruz, amigo fiel de tantos amigos, saludaba a cuantos iba encontrando por el mundo, como abogado, luego periodista y más tarde en su carrera diplomática; en el diario vivir de un hombre que fue fiel a sí mismo, fiel a su familia, fiel a una fe inquebrantable de la cual no dudaba en dar testimonio.
No me resisto a escribir un párrafo (solo uno) estrictamente para quienes lo conocieron bien, porque quizás otros fruncirían el ceño y no lo entenderían. Una de sus peculiaridades, las tenía, era poner nombres o apodos curiosísimos, pero todos simpáticos, a los más cercanos de fu familia, a sus amigos, a los diplomáticos con los que trabajaba y sentía más próximos. Imposible recordarlos todos, pero sí me atrevo con algunos del ámbito periodístico: Crispín o Cristino, Gassman, Berruguete…
No era su forma de individualizar, pero sí de personalizar -lo que no es lo mismo- y prodigar un especial afecto, hasta estridente (repito el término), cada vez que volvía a verlos.
Uno de sus sobrinos me confesó que, desde que él comenzó a caminar, su tío lo había llamado Pecho Amarillo. Un día le pregunté a Fernando a qué obedecían esos nombres y me contestó con toda seriedad: con estos nombres nos van a reconocer el día de la Resurrección, en el Valle de Josafat. Tras la respuesta siguió una de sus carcajadas.
Tengo el honor de haber recibido uno de esos nombres, con el que me atreví a firmar, por primera y última vez, en esos libros de condolencias que ahora ponen en los funerales, ya que estamos en una era en que ya no existen tarjetas ni menos tarjeteros. Por supuesto, desde esa primera y última vez que lo usé, ese nombre ya está en desuso y me lo guardaré en el recuerdo para mí misma.
En esa página del libro de condolencias, más arriba, había firmado monseñor Kurian Mathew Vayalunkal, nuncio apostólico del Papa León XIV, quien acudió a rezar y a agradecer los servicios que Fernando Zegers había prestado como embajador ante la Santa Sede, especialmente durante la mediación -aún no asumía- y luego durante el pontificado de Benedicto: ese pontífice que algunos sábados lo convidaba, junto a Teruca, a los conciertos de Mozart que él mismo, el Papa, interpretaba al piano.
Fue Benedicto XVI quien, al recibir sus cartas credenciales, en octubre de 2010, le recordó la celebración del entonces 25 aniversario del Tratado de Paz y Amistad con Argentina, “que con la mediación pontificia puso fin al diferendo austral. Este Acuerdo histórico quedará para las generaciones futuras como un ejemplo luminoso del bien inmenso que la paz trae consigo, así como de la importancia de conservar aquellos valores morales y religiosos que constituyen el tejido más íntimo del alma de un pueblo”.
Fernando solía sorprender. Me encontraba en Roma. Los Zegers me habían convidado por unos días y él, sobre su escritorio, me tenía preparado su computador (ya algo vetusto) para que yo escribiera. Ahí lo vi trabajar, asistir a largas ceremonias, caminar la ciudad.
Nadie podía creer que ese vecino, hasta lúdico, que iba conversando con todos por las calles romanas o de otras ciudades del mundo, y a quienes saludaba con nombres y circunstancias, fuera uno de los más serios y eficaces negociadores que tuvo Chile en el exterior.
Además de la Santa Sede hubo muchos otros destinos en el camino de Fernando, una vez que decidió dejar atrás el periodismo (fue director de El Diario Ilustrado y, a la vez, profesor y formador de grandes periodistas que habían comenzado a escribir en la recordada Página 6 de ese periódico). El periodismo, sin embargo, siempre lo llamó: sería editorialista de El Mercurio y firmó columnas de opinión muy directas bajo los seudónimos de Pardiez (leo ahora que esa interjección equivale a caramba) o, simplemente, Z.
Sus destinos fueron muchos: Nueva York, Ginebra, Brasil, España, Australia y la Santa Sede, para finalmente dirigir la Academia Diplomática Andrés Bello, que forma a los futuros profesionales. En Chile ocupó otros altos cargos en la Cancillería, pero quizás lo que más se le debe es su talento negociador en la defensa, sin ambigüedades, por ejemplo, de la tesis de las 200 millas marinas de soberanía exclusiva. Su forma de negociar (me lo comentaba uno de sus discípulos) era sin cavilaciones, incluso con dureza si era necesario, en lo que consideraba justo para los intereses de Chile.
A Fernando Zegers se lo ha considerado como una de las figuras más determinantes en la historia de la diplomacia chilena (la definición no es mía, sino de algunos de sus pares), gracias a su liderazgo en la creación y consolidación del ordenamiento jurídico de los océanos. Su trabajo impidió el aislamiento territorial marítimo de Chile y sentó las bases de la soberanía económica global sobre las costas. Este esfuerzo culminó en la consagración de la Zona Económica Exclusiva. Él presidió ininterrumpidamente la delegación chilena ante la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) entre 1968 y 1982. Pero hay muchísimo más.
Por ahí apareció una entrevista que le hice en 1989 para el diario La Segunda. Chile había firmado en esos días en Nueva Zelandia, en gran parte debido a sus buenos oficios, la Convención de Minerales Antárticos. Le pregunté, al comenzar, cómo podía hacer ameno un tema tan árido.
Su respuesta, tras otra de esas grandes carcajadas tan suyas, lo retrata:
-Lo mejor es ir a la Antártica, territorio maravilloso y romántico, donde reina un gran silencio. Ha sido preservado casi intacto en su estado natural, como salió de manos del Creador. Esta décima parte de la superficie terrestre conforma el único continente donde no hay armamentos y cooperan toda suerte de países. Pareciera que allá se hubiera abolido el pecado original…
Fue uno de sus discípulos, el embajador Pedro Oyarce, quien tras doblar la bandera de Chile que cubría su urna, con la estrella siempre a la vista, se la entregó a María Teresa Aldunate Menéndez, Teruca, con palabras de agradecimiento por los grandes servicios que Fernando Zegers Santa Cruz había prestado a la Patria.
Ahí estaban, en el Cementerio General, acompañándola, cuatro de sus cinco hijos: Teresita y Margarita, Pedro Pablo y José Ignacio.
Fernandito, el mayor, lo esperaba en el Cielo.
Lillian Calm