Aunque estén en guerra o quizás ya en tregua (desde el lejano Estrecho de Ormuz para adentro), aunque estén polarizados (entre los pro y los contra Trump), hay un algo infantil, me atrevo a decir, que creo ha caracterizado desde décadas al pueblo estadounidense. Más aún, esto se advierte con mayor nitidez en sus singulares celebraciones patrióticas, como la que acaba de protagonizarse.
Es un pueblo que en estos días se ha desbordado (más en unos estados que en otros) para celebrar un cumpleaños redondo: sus 250 años de independencia.
Estoy sentada en mi escritorio en Santiago de Chile, pero no requiero de gran imaginación para pasarme la película de lo que ha ocurrido en esa nación del norte. En 1976 fui a Estados Unidos a reportear otros temas, pero de paso viví el día a día del Bicentenario: el Bicentennial (Baicentiiinial, con las iii bien arrastradas).
Eran tiempos en que en Chile todavía no estábamos acostumbrados a alzar la voz y menos a llamar una excesiva atención. Allá, a pesar de ser herederos directos de la flema británica del Mayflower, todo era Baicentiiinial (así lo pronunciaban); se respiraba y gritaba Baicentiiinial.
Retrocedo medio siglo y no puedo dejar de pensar: ¡qué parquedad la nuestra!, comparada con esa celebración! Lo que viví en Estados Unidos, en 1976, no fue una conmemoración meramente histórico-cívica-patriótica. ¡Hasta las hamburguesas se servían con banderitas tricolores en las que se leía Bicentennial! El spirit de esa fiesta no solo se desbordaba en actos oficiales, sino que invadía hasta lo más cotidiano de las costumbres nacionales.
Vi a mujeres vestidas de bandera (eso sí de manga corta, porque julio es demasiado caluroso), a hombres con corbatas estampadas con la campana de la Libertad o, también, con el tintero que acompañó la firma del Acta; argollas de novios con los 200 años grabados… En una palabra, el kitsch (arte del mal gusto) dominaba el comercio y, por supuesto, con el comercio a los consumidores.
Había mucho de baratillo y una que otra seudo joya, como hallazgos bibliográficos o, por ejemplo, una réplica del tintero de la Independencia en plata ofrecida por la joyería J.E. Caldwell Co. de Filadelfia en la suma de 995 dólares. ¿A cuánto habrá subido en todos estos años?
Y hasta se ofrecían pedazos de vereda (sea propietario de un pedazo de la antigua Filadelfia), en tanto vajillas alusivas lucían una frase tentadora: Lleve a casa un trozo de la historia patria. Hasta los rollos fotográficos (porque en la antigüedad usábamos unos rollos para tomar fotografías e ilustrar nuestros reportajes) sugerían: Para sus requerimientos en las fiestas del Bicentenario.
En ese Bicentenario también se celebró el centenario del centenario, conmemorado en 1876 cuando aún no imperaba el kitsch en Estados Unidos, aunque también entonces se fabricaron algunos objetos alusivos reproducidos en 1976.
En realidad, debo confesarlo, desde entonces me cuesta más interpretar el verdadero ser estadounidense, que hoy me es cada vez más escurridizo. Los veo con una mezcla de simpatía, pero a la vez de incredulidad.
Incluso llego a pensar que por muy brillantes que sean algunos (y los hay muy brillantes, ya que por algo han llegado a la Luna), no suelo entenderlos. Quizás dejé de comprenderlos en una fecha fija: cuando hace unos años, la revista Time -que para mí viene a ser la esencia misma de la idiosincracia yanqui (si es que persiste una idiosincracia yanqui en nuestros tiempos)-, me sorprendió con un artículo que todavía no logro digerir. Lo guardo por si algún día loro interpretarlo.
Se trata de una edición que la revista Time publicó décadas después de su bicentenario, Eligió a las cien personas más influyentes del planeta (the world`s most influential people 2021), y junto a Joe Biden, Xi Jinping, Harry y Meghan, y a otros catalogados como los más influyentes del año, incluyó a la inefable Elisa Loncón…, pero a diferencia de los otros elegidos, ella aparecía, además, destacada en la portada. Aún no logro comprender ese golpe periodístico… si es que llego a ser verdaderamente un golpe periodístico en alguna parte.
Lillian Calm