Y POR FIN NOS LLEGA LA TAN ESPERADA PRIMERA ENCÍCLICA DEL PAPA LEÓN XIV

 

Y POR FIN NOS LLEGA LA TAN ESPERADA

 PRIMERA ENCÍCLICA DEL PAPA LEÓN XIV

Lillian Calm escribe: “Yo la denominaría, más bien, la encíclica de la custodia de la persona humana, pero eso resulta menos atractivo que la encíclica de la inteligencia artificial y los títulos tienen que ser atractivos: llamar la atención”.

Valiente, profunda, sin matices es la encíclica del Papa Prevost titulada Magnifica humanitas (Magnifica Humanidad). Leo en su bajada: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Si bien se la ha conocido, incluso desde antes de publicarse, como la encíclica de la inteligencia artificial, trae tanto, tantísimo más. Yo la denominaría, más bien, la encíclica de la custodia de la persona humana, pero eso resulta menos atractivo que la encíclica de la inteligencia artificial y los títulos tienen que ser atractivos: llamar la atención.

 Son muchas, demasiadas, las vertientes de Magnifica humanitas, pero me atrevo a decir, aunque resulte reiterativa, que el tema de fondo es -más que la inteligencia artificial- la custodia de la persona humana. 

Publicada hace apenas unas horas era esperada con expectación quizás porque es la primera del pontífice elegido hace apenas un año. Y porque León XIV recurre en su texto, además de otros pontífices, a León XIII, el Papa de la doctrina social de la Iglesia, quien incluso le inspiró su nombre. Pero en el siglo XIX no había inteligencia artificial.

Ya en el número 55 se me vino a la mente Chile (además de  otros países, por supuesto).

55. Los derechos humanos son inviolables, porque son «inherentes a la persona humana y a su dignidad». En consecuencia, son universales e inalienables.  Precisamente porque están fundados en la común dignidad de todo hombre y de toda mujer, estos derechos comportan consecuencias prácticas y efectos jurídicos, porque «sería vano proclamar derechos, si al mismo tiempo no se pone en práctica todo lo necesario para asegurar el deber de respetarlos, por todos, en todas partes y para todos». Entre estos, el primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho. Cuando este derecho fundamental es negado —como sucede con el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas. 

Otro párrafo:

56. Al observar nuestro tiempo, no podemos ignorar que la tutela de los derechos humanos hoy está expuesta a dos riesgos particularmente graves. El primero es el de una declaración puramente formal, mientras que, junto con el progreso tecnológico, avanzan de manera disimulada o evidente violaciones de la dignidad humana. El segundo, que en realidad está en la base del primero, es el de no poder reconocer el fundamento de su universalidad, porque se ha renunciado a la «búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes».

Pero no quiero alejarme del tema por el que se la conoce:  la inteligencia artificial. Reproduciré los números 99, 100 y 101 (por supuesto, no son los únicos sobre la materia):

99. No es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior.

Una ayuda valiosa que requiere atención

100. A la luz de cuanto se ha dicho, podemos comprender mejor por qué la IA puede ser una valiosa ayuda y, al mismo tiempo, exija un enfoque prudente y cauteloso. En los últimos años su uso privado ha crecido notablemente, y desde distintos ámbitos se reflexiona sobre las oportunidades y los riesgos vinculados a su rápida difusión. En el uso personal, tres aspectos, en particular, deben ser tenidos en especial consideración: la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana. La velocidad y la sencillez con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta simplifican nuestras vidas, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad. La impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de estos sistemas pueden suscitar, corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos. La imitación artificial de una comunicación humana positiva —palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor— puede resultar gratificante e incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia. La imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto pobre de relaciones y de afectos reales; entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro.

101. Ampliando la mirada al uso de la IA en nuestras sociedades, constatamos que ya está presente en procesos de decisión en todos los ámbitos y a diversos niveles: en la comunicación, la gestión y el control. Las ventajas en términos de eficiencia y las potencialidades de mejora de algunos servicios son evidentes; sin embargo, una adopción rápida y acrítica nos expone a diversos riesgos, como el de subestimar el impacto ambiental. Los actuales sistemas de IA requieren grandes cantidades de energía y agua, inciden de manera significativa en las emisiones de anhídrido carbónico y consumen recursos de manera intensiva. Con el aumento de la complejidad, sobre todo en los grandes modelos lingüísticos, crecen también las necesidades de potencia de cálculo y capacidad de almacenamiento, que se apoyan en un conjunto de máquinas, cables, centros de datos e infraestructuras consumidoras de energía. Por eso es esencial desarrollar soluciones tecnológicas más sostenibles para reducir el impacto sobre el medioambiente y cuidar nuestra Casa común. 

Luego, en el párrafo 112, dice: Después de haber recordado las cuestiones de la responsabilidad y del gobierno de la IA, es necesario volver a nuestro tema central: qué significa custodiar lo humano. El riesgo no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo. Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión.

Salto a otro tema: la familia.

165. La familia es un bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad. [166]La familia, la primera sociedad natural, dotada de derechos originales, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria. [167]En consecuencia, cuando los proyectos políticos y las decisiones económicas importantes la relegan a un papel marginal o secundario, se compromete el crecimiento auténtico de todo el cuerpo social. 

Imposible transcribir tantos otros párrafos. Por lo demás, una lectura rápida no es suficiente y esta encíclica será, estoy segura, materia recurrente.

Eso sí, a medida que avanzo y también retrocedo en su lectura para retenerla mejor, no puedo dejar de recordar una sentencia latina o latinazgo que suele (o solía) citarse cuando alguien, incluso en una conversación trivial, expresaba lo que era considerado como la última palabra: Roma locuta, causa finita est.

Su traducción literal es Roma ha hablado, la causa ha terminado. Es decir, la sentencia es inapelable porque ha sido emitida no solo con conocimiento, sino por la máxima autoridad. Se utiliza (o utilizaba) en el hablar cotidiano culto, en ámbitos eclesiásticos y, al parecer, también jurídicos. La recordé al leer estas páginas, que van a interesar también a quienes puedan sustentar los más disímiles pensamientos y las que, asimismo,  invitan a seguir leyéndolas y releyéndolas para encontrar todo lo que no ha tenido cabida en esta brevísima  pincelada.

 

Lillian Calm

Periodista

28-05-2026

 

 BLOG: www.lilliancalm.com

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