ROBERT FRANCIS PREVOST APARECIÓ HACE YA UN AÑO EN EL BALCÓN DEL VATICANO

 

ROBERT FRANCIS PREVOST APARECIÓ

HACE YA UN AÑO EN EL BALCÓN DEL VATICANO

Lillian Calm escribe: “Por supuesto la información sobre Prevost era escasa: algunos conocían su ministerio en Perú, que debido a la vecindad nos acercó más a él. Era sacerdote agustino, identidad que también nos ayudó a conocerlo mejor. Pero la carta de presentación, sin duda, era León. ¿Por qué León XIV? Me tuve que remitir a León XIII y al siglo XIX”.

Hace exactamente un año escribí una columna sobre el Papa León XIII. No me equivoco. Sí: sobre León XIII y no León XIV. Este no es un trabalenguas de Leones. Yo lo definiría más bien como treta periodística. ¿La razón? Habían transcurrido solo horas desde que había salido la fumata blanca, esa humareda  que remueve a casi la humanidad entera:  la sede vacante de Pedro dejaba de estar vacante y no sabíamos casi nada del recién elegido Papa.

Se me hicieron largos los minutos vividos con creciente expectación y con la vista fija en el balcón en que se concentraban las trasmisiones de casi el mundo entero. La aparición de un pontífice más joven (nos habíamos acostumbrado a los últimos años de Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio) nos mostraron de inmediato su humanidad: él no pudo contener algunas lágrimas; también pudimos conocer su espiritualidad en esas primeras palabras que dieron inicio a un nuevo pontificado.

¿Quién era? Los más interiorizados cuchicheaban Prevost, Prevost, Prevost.

Otros musitaban: el norteamericano. Pero lo que más llamó la atención fue el nombre elegido:  León XIV.

Por supuesto la información sobre Prevost era escasa: algunos conocían su ministerio en Perú, que debido a la vecindad nos acercó más a él. Era un sacerdote agustino, identidad que también nos ayudó a conocerlo mejor. Pero la carta de presentación, sin duda, era León. ¿Por qué León XIV? Me tuve que remitir a León XIII y al siglo XIX.

 

Luis XIV es de la dinastía de los Leones, aunque con mucho más de un siglo de distancia. El primer León fue el Papa León I Magno o El Grande, autor de 100 sermones y 150 cartas (que se conservan), y a quien se declaró Doctor de la Iglesia. Eran los suyos tiempos de Atila, a quien detuvo a las puertas de Roma, y también de Genserico, rey de vándalos y alanos.

León I convocó al Concilio de Calcedonia para reafirmar la naturaleza de Cristo. Para el Papa Benedicto XVI fue sin duda uno de los más importantes (pontífices) en la historia de la Iglesia.

Me salté, entonces, muchos Leones para llegar a León XIII, quizás el verdadero inspirador del entonces cardenal Robert Francis Prevost Martínez para convertirse en el Papa León XIV.

¿Por qué se inspiraría en León XIII al elegir su nombre pontificio? La respuesta fue invariable en esos días, tanto la del del pueblo fiel como del infiel: debido a la trascendencia de su encíclica social Rerum Novarum, publicada el viernes 15 de mayo de 1891.

Ese valiosísimo documento dividió no tanto a moros y cristianos, como sí a cristianos. Los hubo quienes la criticaron con desdén y, por otra parte, quienes se apropiaron de sus páginas incluso con fines político partidistas, llegando a citarla como inspiradora de sus propios documentos ideológico-doctrinarios. Dos posiciones enfrentadas.

La Rerum Novarum (y no digo fue) es muchísimo más que eso. Un reconocido historiador de la Iglesia -y experto en pontificados-, el profesor español José Orlandis, en su obra El Pontificado romano en la historia, define esa encíclica de León XIII como un célebre documento que abordaba el gran problema de las nuevas realidades surgidas como consecuencia de la aparición de la sociedad industrial. Agrega que sus enseñanzas pueden resumirse en cuatro puntos:

1. Existe un derecho natural a la propiedad privada, pero a ella corresponde también una función social;

2. El Estado -frente a los que sostenían las tesis del puro liberalismo económico- debía intervenir eficazmente en la solución de los problemas sociales, sobre todo en defensa de los más débiles; pero la intervención estatal tiene siempre una función de suplencia, de acuerdo con el principio de subsidiaridad;

3. Los obreros han de cumplir sus deberes para con los empresarios, pero tienen derecho en justicia a un salario suficiente que les garantice una existencia humana digna;

4. Se condena la lucha de clases, pero se reconoce a los obreros la potestad de constituir asociaciones para la defensa de sus derechos.

Tras más de un siglo de críticas hoy, sin duda, el documento resulta impecable.

He oído incluso horrores sobre la Rerum Novarum de parte de algunos que quizás ya no están -los años pasan-, pero hoy dudo de que la hayan llegado a leer completa alguna vez.

Otro aspecto del que se ha hablado poco, aunque es de gran relevancia: fue León XIII quien le impuso el capelo cardenalicio (así se dice) a quien había sido el presbítero anglicano John Henry Newman y que, tras un largo proceso, en que fue mal interpretado y vapuleado, se convirtió al catolicismo. La distinción cardenalicia fue en reconocimiento por todo lo que había hecho tanto por la Iglesia Católica en Inglaterra como por la Iglesia universal.

Juan R. Vélez, uno de los principales biógrafos del cardenal Newman, destaca que el pontífice León XIII reconoció así la ortodoxia y el servicio a la Iglesia de quien hoy es uno de sus santos.

Beatificado por Benedicto XVI sería canonizado por el Papa Francisco y nombrado doctor de la Iglesia por el actual pontífice. 

León XIV retomó el nombre elegido por León XIII en tiempos en que hoy anglicanos, incluso obispos, suelen convertirse a la Iglesia católica romana por razones doctrinales y, según ellos mismos han señalado, para vivir mejor su fe en Jesucristo.

 

Lillian Calm

Periodista

07-05-2026

 

 

 BLOG: www.lilliancalm.com

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