Hay una sola palabra para definir la ceremonia a la que asistí hace solo unos días: universitaria.
La Universidad de los Andes, en la persona de su rector José Antonio Guzmán Cruzat, y a proposición de tres facultades, otorgó tres grados de Doctor Honoris Causa: dos, a destacados profesores españoles (un navarro y un compostelano); y el otro, a un chileno: a Cristián Zegers Ariztía.
¿Qué significa este grado? Es el más alto de los grados académicos que otorga una universidad para reconocer méritos, contribuciones y una trayectoria destacada durante toda una vida. Los ámbitos pueden ser diferentes: historia, derecho, lenguas, ciencia, cultura, artes… y, en este caso, periodismo.
Ese acto, protocolar en su forma -con coloridos vestes y birretes, según la universidad de procedencia de doctores asistentes-, y también en mucho de su esencia, fue salir del hoy no para regresar al ayer, sino para recordar, con miras al presente y al futuro que en Chile también existen valores permanentes. Valores que nos ayudan a evadirnos de ese ras de tierra en que nosotros, los chilenos, a veces nos sentimos inmersos.
Fue un acto con altura.
Hoy cuando el concepto de Universidad es vapuleado en extemporáneas e irracionales manifestaciones callejeras que, a veces, se asoman incluso al aula, emergió en esa ceremonia la verdadera esencia de Universidad.
Algo de lo mucho que presencié tiene incluso sus raíces en el medioevo. No en un concepto de medioevo que pueda evocar vestigios añosos, sino aquel donde se encuentran las raíces y las bases sólidas de las casas de estudio que vendrían. Algo de ayer, del hoy y por supuesto del mañana.
Reproduciré solo parte, por su extensión, de las palabras de agradecimiento de Cristián Zegers Ariztía, ya que lo siento muy cercano. Fue mi profesor en la Universidad Católica, esa de antaño; con él hice mi práctica profesional y, luego, trabajé bajo sus directrices durante más de medio siglo de carrera periodística.
Abogado, periodista, discípulo de Jaime Eyzaguirre, fundador de las revistas Portada y Qué Pasa, director de la oficina en Santiago del diario El Sur de Concepción como, también, de la Revista del Domingo de El Mercurio, y director del diario La Segunda y del diario El Mercurio, señaló en parte de su intervención:
"Emocionante para mí ha sido este ritual que celebramos en el
marco de la más noble tradición universitaria, en estas
estribaciones de los Andes de los que esta Casa toma su
nombre. Ya aquellas primeras distinciones por honor en el
siglo XV —Oxford entre ellas— tuvieron siempre por norte
la sociedad: desde sus inicios, las universidades clásicas, sin
perjuicio de su propio quehacer académico, tuvieron presente
el menester social. Así también hoy, aquí.
"Agradezco este reconocimiento con profunda humildad.
Desde el momento en que me fue anunciado, lo entendí
como una señal de esta universidad joven hacia el
fortalecimiento del periodismo en el que volqué mi vida
profesional, aquel que se aboca a la tarea colectiva, no al
logro individual. Pusimos pasión y compromiso para
obtener ascendiente y prestigio en favor de medios
periodísticos sin sesgos ideológicos ni partidistas, de diarios
y revistas influyentes, capaces de merecer confianza y
lealtad del público.
"Jaime Eyzaguirre, mentor de mi vocación periodística e
historiográfica, insistía en que tradición no es arqueología,
sino transmisión de lo perdurable; no es nostalgia, sino
dinamismo y esperanza.
"… en el presente que nos congrega, cabe evocar
el modesto inicio de la Universidad de los Andes, en 1990.
Esa primera casa arrendada en Bustamante 80, en el
rectorado de Raúl Bertelsen, parece actualmente una
diminuta semilla respecto del campus actual, con nueve
edificios institucionales, 9.000 alumnos, 1.600 profesores, 16
mil estudiantes de cursos, talleres y diplomados, 28 carreras
de pregrado, 41 magister, 7 doctorados… Como Tomás, hay que tocar para convencerse de que todo esto es cierto.
"A primera vista, asoma en estos institutos y ambientes
académicos el sello de obra bien hecha, característico de su
ideario. Desde la investigación innovadora hasta el cambio
sistémico de los programas y métodos de estudio, en todo se
percibe seriedad e ímpetu hacia la excelencia. Y, como
inspiración superior, el cultivo de la verdad, la dignidad y los
valores del ser humano. Profesores y estudiantes comparten
este recio sustento para enfrentar la viva discusión axiológica
de nuestros días
"… nuestro periodismo necesita apoyo
ciudadano. Vive hoy una crisis distinta de otras del pasado,
de las que salió fortalecido, y cuyo origen no es únicamente
interno, sino en buena parte global. La prensa, al igual que
la radio y la televisión, vio evaporarse bruscamente una parte
significativa de su publicidad y financiamiento, desviados a
las redes sociales, la vía pública, o a esquemas publicitarios
centralizados. Lo medular del periodismo, cual es la
información fiable, no está en cuestión, pero sí la factibilidad
de elaborarla para públicos masivos que por mucho tiempo
gozaron de un precio virtualmente congelado del ejemplar de
diario.
"Las redes sociales, en tanto, generaron un fenómeno de vasta
desinformación, en el que la inteligencia artificial juega un
papel determinante, al otorgar verosimilitud aparente a
las fake news más descaradas. YouTube, la mayor sintonía
familiar entre nosotros, está anegado de imágenes
mentirosas. Una gran masa ciudadana, especialmente
arraigada en la juventud, cree estar informada con libertad,
por sí y sin intermediarios, cuando, en verdad, es víctima de
anomia informativa: sucumbe a la manipulación algorítmica
impuesta por los grandes consorcios, que profundizan los
sesgos individuales con los que se accede a las redes,
aislando a las audiencias en cien mundos pequeños, todos
muy distantes de la realidad.
"No desconozco que el resultado del combate entablado
contra la desinformación depende de muchos factores. Por
cierto, importa una formación que alerte a la niñez sobre sus
trucos y perversiones, como lo hace Finlandia. Igualmente
requiere de coaliciones globales, como la recién formada
SPUR, que reúne a los más prestigiosos medios europeos y
americanos para el autocontrol del uso de inteligencia
artificial. Asimismo, necesita la acción de los gobiernos y
poderes institucionales contra el abuso monopólico. Pero en
lo que más creo —y perdóneme la audiencia mi deformación
profesional— es en alertar a la propia ciudadanía. A este
respecto, los medios periodísticos fiables son
irreemplazables para poner en evidencia la desinformación,
inteligiblemente, como algo que afecta nuestras vidas y
futuro, además de alterar en lo inmediato el acontecer
político democrático.
"La emisión normal de la prensa seria y crítica es problema de
todos. Nadie puede permanecer indiferente, especialmente
las empresas, por la lógica contribución que se debe al logro
de una democracia sana, un Estado de derecho sólido, y una
comunidad en paz y con satisfacción interna. El avisaje no
debería alimentar por igual a los medios y redes que
indirectamente socavan estas aspiraciones esenciales. Para
enfrentar el caos de incertidumbres que nos acecha, sólo el
periodismo abierto, el que verifica lo que informa, el que
asume su responsabilidad ética, sirve para adoptar decisiones
libres y construir sociedades democráticas plurales.
"Y una palabra final de gratitud. En la honrosa compañía de
los profesores Arellano y Pereira Menaut, advierto nuestra
común pertenencia al conjunto asociativo forjado por la
lengua y la raíz histórica, aquel 'poder blando' que
certeramente definió el profesor de Harvard, Joseph Nye. En
este salón, Navarra, Santiago de Compostela y Santiago de
Chile representan la comunidad que labra el discurrir cultural
por el caudal del idioma español, patrimonio de casi
seiscientos millones de personas".
Lillian Calm