Sigo jugando. No pensaba continuar con mi saga de la semana pasada, que solo era una humorada, pero una humorada con muchísimo fondo. Había decidido ponerme seria y dejar para otros esa tentación innoble que lleva a recurrir a la IA (Inteligencia Artificial) para que a uno le conteste ipso facto todo lo que se le vaya pasando por la cabeza.
Pero ya que la gente lo pide me vi impulsada a seguir con esta farsa que, en último término, no es sino un mero esparcimiento periodístico. Un mail de un lector me conminaba la semana pasada: Sigue por favor en la veta que nos prometes. Así lo haré. La veta estaba clara: yo había entrevistado a Platón y Aristóteles, y prometía seguir con Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, canonizados santos los dos.
Pero conste que hasta aquí llego, al menos por ahora, y no pienso preguntarles qué opinan de la IA ni a Descartes, Locke, Hume, Kant. Hegel, Comte y, menos, a Marx y Engels.
La semana pasada mis dos entrevistados, Platón y Aristóteles, me respondieron sin ambigüedades (y se los agradezco) cuáles eran sus posiciones frente a la IA. Me llegué a convencer (y esto es lo peligroso de estos nuevos inventos) de que nuestro encuentro no había sido virtual y hasta creí que había estado personalmente con ellos. Afortunadamente volví muy pronto a mi sano juicio.
Esta semana me modernicé. Dejé a los filósofos mayores y me incliné por dos muchísimo más modernos. Nada que ver con la Antigüedad.
De acuerdo a ese criterio, le pedí entrevistas a Agustín de Hipona (354-430 d.C.) y a Tomás de Aquino (1225-1274). Antes de formularles pregunta alguna queda en evidencia la más grande de las falencias de esta tan cacareada Inteligencia Artificial. Lo puede hacer todo, todo, menos rezar. No puede elevar el alma a Dios.
Claro: ¿de dónde va a sacar un alma? La máquina no puede hacer un alma. Puede teclear el Avemaría, el Padrenuestro, un Gloria, pero eso de rezar-rezar, de procurar hablar con Dios, imposible. Es que le falta el alma.
Pero yo prefiero dejar hablar a mis dos nuevos entrevistados.
Mi pregunta para ambos es la misma… y muy sencilla (al menos, yo la encuentro): ¿qué opina usted de la Inteligencia Artificial?
Primero le dejo la palabra a Agustín de Hipona, el mayor solo por varios siglos. Me define la Inteligencia Artificial como una criatura de la creatividad humana y un reflejo lejano de la racionalidad, pero nunca como un ser con alma, capaz de amar o de sustituir la interioridad humana.
Tengo muy claro que ha sido considerado el santo de la interioridad. Lo dejo continuar. Enfatiza que la IA puede procesar datos, pero no es capaz de orar ni de amar.
Para él, la verdadera inteligencia y la voluntad residen en el alma humana, creada a imagen y semejanza de Dios.
Luego, muy importante, Agustín me advierte sobre los riesgos éticos de los algoritmos. La IA optimiza procesos basándose en definiciones previas de lo que es bueno o eficiente, pero el ser humano corre el riesgo de programarla bajo valores mal dirigidos. La máquina asume que las métricas de éxito son estables, ignorando que el verdadero bien moral depende del alma y de la justicia divina, las cuales son ajenas a las lógicas de optimización de datos.
Agustín explica que la historia se divide por dos amores: el amor a Dios y el amor propio.
Mejor leo…
La Ciudad del Hombre: si usamos la IA impulsados por la soberbia y la tentación prometeica de convertirnos en nuestros propios dioses a través de la tecnología.
La Ciudad de Dios: si la IA se utiliza como una herramienta guiada por la caridad, la búsqueda de la verdad y el bien común.
Agustín reflexiona: Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti
Surge la pregunta:
¿El uso de la IA despierta mi interioridad o la adormece?
Recurro al copy-paste:
Agustín criticaría que le deleguemos la capacidad de análisis, de síntesis y de pensamiento crítico a una máquina…
Pero dejemos, ya, a Agustín y sigamos con santo Tomás de Aquino, que no ve la inteligencia artificial como una mente real, sino como una herramienta técnica y muy compleja que imita procesos lógicos, pero carece de alma, conciencia y entendimiento verdadero.
Para él, el hecho que la IA procese datos, calcule y simule funciones cognitivas con gran velocidad equivale a operaciones mecánicas o estimativas, pero no a un verdadero entendimiento (intelligere).
Según su pensamiento, la inteligencia humana no es solo procesar información, sino captar la verdad inteligible y el sentido de la realidad. Las máquinas carecen de intellectus (intelecto) y de autoconciencia.
Para Tomás la conciencia y la capacidad espiritual residen en el alma humana, atributo único que no puede replicarse artificialmente en un soporte material o digital.
Además, (copio) la IA puede considerarse un producto del ingenio humano que imita procesos lógicos, pero la máquina sigue siendo un instrumento creado, desprovisto de interioridad, libertad o voluntad propia.
El santo invita a reflexionar sobre si todo lo técnicamente factible o posible debe ser implementado en la sociedad. Para él una innovación tecnológica solo es valiosa si ayuda a las personas a alcanzar su objetivo moral y trascendental (ser buenos y felices), en lugar de deshumanizarlas o reducir al ser humano a un simple conjunto de datos.
Finalmente, Tomás ve la inteligencia artificial no como un intelecto real ni un rival del hombre, sino como una sofisticada herramienta de imitación técnica desprovista de alma, conciencia y capacidad de abstracción universal.
No necesito agregar más. Al contrario. Solo recurriría aquí a esa paremia latina que dice Roma locuta, causa finita, es decir, Roma ha hablado, el caso está cerrado.
El origen de la frase, se cree, se remonta al propio Agustín de Hipona, quien habría resuelto así una controversia relativa a la herejía pelagiana.
Y, por si acaso, antes de que se me olvide, paremia es, según la mismísima IA, un enunciado breve y sentencioso que transmite una enseñanza moral, un consejo o una reflexión intelectual.
Por mi parte, causa finita.
Lillian Calm