CAÑONAZO Y CARILLÓN, EL REGRESO DE DOS AUSENTES

 

CAÑONAZO Y CARILLÓN,

EL REGRESO DE DOS AUSENTES

Lillian Calm rescribe: “Desde mi terraza, sin que se me interponga edificio alguno, puedo contemplar ese inmenso jardín que nos plantó don Benjamín Vicuña Mackenna sobre unos áridos peñascos, es decir, sobre un macizo rocoso que habla de la prehistoria del lugar; y, al fondo, los Andes nevados o no nevados y, en algunos días, más visibles que en otros”.

¿Sintieron el cañonazo de las doce?

Esa es la pregunta que nos acostumbrábamos a hacer, en mi casa, durante décadas de mi vida.

No era irónica. Simplemente, casual. Era una forma de saber, sin consultar reloj alguno, si ya había pasado el mediodía. La hacíamos casi por inercia.

Vivo y he vivido siempre frente al cerro Santa Lucía. Es el lado amigable, el de la pileta, que nada tiene que ver con el de la Alameda (ex de las Delicias), ahora estigmatizado por overoles blancos y otras rarezas (creo que hasta se les denomina incivilidades).

Desde mi terraza, sin que se me interponga edificio alguno, puedo contemplar ese inmenso jardín que nos plantó don Benjamín Vicuña Mackenna sobre unos áridos peñascos, es decir, sobre un macizo rocoso que habla de la prehistoria del lugar; y, al fondo, los Andes nevados o no nevados y, en algunos días, más visibles que en otros.

Hace muy poco, ya no sé decir cuándo, caminaba por el centro de Santiago (la calle Santa Lucía para mí no es centro, sino apenas periferia) y me pareció oír un cañonazo. ¿Podía ser verdad? ¿Sería el recordado cañonazo de las doce?

Fue solo al oírlo -reconozco que tiene demasiados detractores, pero allá ellos-, que me di cuenta lo familiar que era para mí.  Pero, pienso, aunque tenga detractores, esos serán los menos. No molesta a nadie. Por el contrario, atrae a locales y turistas, a muchos extranjeros que veo enfilar a veces en grupo y con un guía -que trata de balbucear el inglés-, hacia el Santa Lucía.

Si recién, al salir esta mañana, vi a un gringo de esos que incluso tienen facha de gringo, que esquivaba como podía a un ciclista y luego a un scooter-delivery (perdón por tanto anglicismo) con tal de seguir filmando un video con audio; llegaba a exponer su propia vida de lo compenetrado que estaba. Era un audio animado con sus propias palabras. ¿Qué diría?

Semanas atrás, casi como antítesis pero a la vez complemento al estruendo del cañonazo, experimenté también una sensación de antaño: oí, a lo lejos, el viejo carillón de la basílica de La Merced, con sus campanas nuevamente al vuelo, melodía también tan familiar para mí. ¿Qué se había hecho durante todo este tiempo? ¿Por qué, esa para mí ya habitual melodía, pasó afónica durante tantos años?

Y… casi al unísono resuena el hasta ahora añorado cañonazo.

¿Querrá decir que Santiago vuelve a ser Santiago?

Pienso que al menos hay señales de que estamos en eso.

Tal vez ha contribuido en esta lavada de cara que el cerro Santa Lucía esté ya en algunos sectores enrejado, a pesar del horror manifiesto de ciertos urbanistas y detractores, a los que quizás les hace falta darse una vuelta por grandes ciudades  (es necesario, eso sí, convencer lo antes posible y con decisión a un grupo de okupas que se cambien de casa, ya que persisten en levantar sus febles rucos o como se les llame en la ladera mal enrejada que bordea la otrora señorial calle Victoria Subercaseaux, esa que recuerda a la señora de don Benjamín).

Hay quienes al encontrarse conmigo, en circunstancias diversas, me preguntan a bocajarro: ¿Sigues viviendo abajo? ¿No te has venido al barrio alto?

Los miro y no puedo dejar de pensar: “Pobres… Viven donde apenas recién han empezado a crecer unos pocos árboles”.

Pero prefiero callar.

Mi intención es seguir callando.

 

Lillian Calm

Periodista

10-09-2026

 

 BLOG: www.lilliancalm.com

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