Un mes de julio demasiado noticioso ha sacudido al Reino Unido: el rey Carlos III protocolarmente le encargó formar gobierno a un nuevo primer ministro, el líder laborista Andy Burnham, en reemplazo de Keir Starmer; el día 22 el futuro, o más bien futurísimo rey Jorge, cumplía 13 años, considerados una especie de mayoría de edad ya que en septiembre comienza sus estudios en Eton College, el mismo internado al que acudió su padre, el actual príncipe de Gales.
Pero en el intertanto el país procura dilucidar una oscura trama. Oscurísima, tal vez, y me extraña, entre tanta crónica roja, la escasa cobertura que se le ha dado fuera de Gran Bretaña.
Ann Widdecombe, de 78 años, era soltera y vivía sola. Con estudios en latín, filosofía, política y economía, e incluso un paso por la Universidad de Oxford, y quien sería MP (miembro del Parlamento) además de ministra de Empleo y Prisiones durante el gobierno del conservador John Major y, luego, de Salud e Interior en el llamado gabinete en la sombra, además de conocidísima participante, hasta la fecha, en programas televisivos, fue encontrada muerta en la cocina de su casa en Dartmoor, Devon, con veintiún machetazos en la cabeza. Martillazos, para más precisión.
Su posición política no permite ambigüedades: había sido conservadora y ahora apoyaba a Nigel Farage, el fundador del partido Reform UK. Convertida al catolicismo (pertenecía originalmente a una familia anglicana) sostuvo, siempre, una clara posición frente a ciertos temas. Incluso Benedicto XVI la nombró Dama de la Orden de San Gregorio Magno por su defensa tanto de determinados valores, como por su férrea oposición al aborto y a la eutanasia.
Había un sospechoso (siempre suele haber un sospechoso) que quedó libre. Ya se arrestó a un segundo sospechoso: un hombre de 28 años, cuyo padre murió hace algunos meses y que vivía aislado, junto a un perro, sin salir de su casa. ¿Serán suficientes esas pesquisas? ¿Cuál fue el móvil? ¿Es la acción de un loco que solo quería robarle la billetera (y que de hecho se la robó)?
Si bien el segundo sospechoso está arrestado, aún se ignora si los móviles fueron meramente policiales o si este crimen tiene ribetes políticos. O más que políticos.
Minutos antes de su muerte, Ann Widdecombe se había presentado en un programa vía zoom y se esperaba que apareciera en otro zoom televisivo en apenas unos minutos, pero ya fue imposible contactarla: los veintiún golpes en la cabeza habían provocado su muerte.
En un mundo acostumbrado a oír de asesinatos, una interrogante ronda en Gran Bretaña. ¿Se trata de un crimen común y corriente, por definirlo de alguna manera, o de un crimen político? Y es aquí donde se ha logrado remecer la imperturbabilidad británica. ¿Habrá móviles políticos? ¿Solo móviles políticos?
Surgen más incógnitas:
¿Será un crimen por encargo? ¿O dirigido? Hay voces que lo niegan.
En todo caso, la controvertida IA me hace un recuento de políticos asesinados últimamenteen Gran Bretaña:
Jo Cox, diputada laborista, fue atacada a tiros y puñaladas por un extremista en Birstall, West Yorkshire, en 2016; luego, en 1990, Ian Gow, diputado conservador, murió tras la detonación de un coche bomba del IRA (Ejército Republicano Irlandés) en su residencia de Hankham, Sussex. En 1984, Sir Anthony Berry, conservador, miembro del Parlamento, murió en el atentado del IRA contra el Grand Hotel de Brighton; y en 1979 Airey Neave, conservador, murió por la explosión de un coche bomba al salir del estacionamiento del Palacio de Westminster, sede del Parlamento.
El propio novel primer ministro, Andy Burnham, ha expresado que se requiere más seguridad para los MP. Por su parte, Reform UK, el partido al que adhería Ann Widdecombe, ya ha solicitado para sus dirigentes vigilancia durante las 24 horas del día. Como expresan los ingleses, around the clock. Día y noche.
Lillian Calm