Este año, el primero de su pontificado, el Papa León XIV le pidió al obispo de Trondheim, Noruega, que les predicara el retiro de Semana Santa, a él y otras autoridades de la Curia Vaticana. Erik Varden es un obispo trapense.
Reconozco mi ignorancia: nunca había oído su nombre. No nació católico, pero desde niño tuvo una inquietud que lo llevó a buscar y buscar.
Reproduzco algunos párrafos que este cisterciense noruego -a los quince años dejó de ser ateo, se convirtió y se bautizó-, predicó en el Palacio Apostólico. Para ello me he apoyado en Vatican News, Omnes y otros medios especializados.
Fueron diez sus meditaciones, muy centradas en esa teología tan mística que nos dejó san Bernardo. Algunos párrafos del retiro:
Bernardo (san) nos mantiene alerta. Él afirma: Quiero advertirles: nadie vive en la tierra sin tentación; si a alguien se le libera de una, que espere seguramente otra. Debemos cultivar el equilibrio correcto entre la seguridad en la ayuda de Dios y la desconfianza en nuestra fragilidad, temiendo las tentaciones mientras aceptamos su inevitabilidad, recordando que Dios nos somete a ellas porque son útiles.
¿Útiles en qué sentido?
Al resistir las flechas lanzadas por el Padre de las Mentiras, nuestro compromiso con la verdad se fortalece. Estaremos preparados, habiéndonos apartado de la falsedad debilitante, para fortalecer a nuestros hermanos.
------
La ambición representa una forma particular de capitulación ante la falsedad. La ambición es una forma poco sutilmente sublimada de codicia. Al describirla, Bernardo, siempre elocuente, se supera a sí mismo. La ambición, dice, es un mal sutil, un virus secreto, una peste oculta, un artesano del engaño; es la madre de la hipocresía, la progenitora de la envidia, el origen de los vicios; es combustible para los crímenes, hace que las virtudes se oxiden, la santidad se pudra, los corazones se cieguen. Los remedios los convierte en enfermedades. De la medicina extrae apatía.
------
¿Qué es la verdad?, se pregunta.
Las personas de nuestro tiempo se hacen esta pregunta sinceramente, a menudo con notable buena voluntad, a pesar de su confusión, miedo y la prisa constante en la que viven. No podemos dejarla sin respuesta. No tenemos energía que desperdiciar en las tentaciones banales del miedo, la vanagloria y la ambición. Necesitamos nuestras mejores fuerzas para sostener la verdad sustancial, esencial y liberadora frente a sustitutos más o menos plausibles y más o menos diabólicos que brillan engañosamente.
------
En nuestra situación, rica en oportunidades, es imperativo ver y articular el mundo a la luz de Cristo. Cristo, que es la verdad, no solo nos protege; nos renueva, impaciente por revelarse a través de nosotros a una creación cada vez más consciente de estar sujeta a la futilidad (insignificancia, carente de propósito, sin importancia).
------
Es tentador pensar que debemos seguir las modas del mundo. Es, diría yo, un procedimiento dudoso. La Iglesia, un cuerpo lento, siempre correrá el riesgo de parecer y sonar pasada de temporada. Pero, si habla bien, su propio lenguaje, el de las Escrituras y la liturgia, de sus padres y madres, poetas y santos pasados y presentes, será original y fresca, lista para expresar verdades antiguas de nuevas maneras, teniendo la posibilidad, como lo ha hecho antes, de orientar la cultura.
Esta labor tiene una dimensión intelectual importante.
------
También tiene una dimensión existencial. Como dijo el cardenal Schuster en su lecho de muerte: Parece que la gente ya no se deja convencer por nuestra predicación, pero en presencia de la santidad, todavía creen, todavía se arrodillan y oran.
¿No fue acaso la llamada universal a la santidad, la llamada, es decir, a encarnar la verdad, la nota más fuerte que tocó el Concilio Vaticano II? Resonó espléndidamente como un gong a lo largo de sus deliberaciones. La pretensión cristiana de la verdad se vuelve convincente cuando su esplendor se hace personalmente evidente, con amor sacrificial en la santidad, purificada de las tentaciones de temporalizar.
------
Nada ha causado a la Iglesia un daño más trágico, ni ha comprometido más nuestro testimonio, que la corrupción surgida dentro de nuestra propia casa. La peor crisis de la Iglesia no ha sido provocada por la oposición secular, sino por la corrupción eclesiástica. Las heridas infligidas necesitarán tiempo para sanar. Claman por justicia y por lágrimas.
-------
El progreso en la vida espiritual exige configurar nuestra dimensión física y afectiva en sintonía con la maduración contemplativa; de lo contrario, existe el peligro de que la exposición espiritual busque una descarga física o afectiva, y que tales descargas sean racionalizadas como si fueran, de algún modo, espirituales, más elevadas que las faltas de los mortales ordinarios. La integridad de un maestro espiritual se acreditará por su conversación, pero no solo por ella; se evidenciará igualmente en sus hábitos en línea, en su comportamiento en la mesa o en el bar, en su libertad frente a la adulación de los demás.
------
La vida espiritual no es un añadido al resto de la existencia. Es su alma. Debemos cuidarnos de todo dualismo, recordando siempre que el Verbo se hizo carne para que nuestra carne fuera impregnada por el Logos. Debemos vigilar tanto a la izquierda como a la derecha y, como insiste Bernardo, no confundir la izquierda con la derecha ni la derecha con la izquierda. Hemos de aprender a sentirnos igualmente serenos en nuestra naturaleza carnal y espiritual, para que Cristo, nuestro Maestro, pueda reinar pacíficamente en ambas.
------
Solo Dios puede invitarnos a saltar desde lo alto. Pero su llamada será: Salta a mis brazos; no, Arrójate al vacío.
------
Las intervenciones angélicas no siempre son tranquilizadoras. Los ángeles no están para complacernos en nuestros caprichos. En una oración popular atribuida a un contemporáneo de san Bernardo, Reginaldo de Canterbury, pedimos a nuestro ángel custodio que nos ilumine, guarde, rija y gobierne. Son verbos fuertes. El ángel es guardián de la santidad.
------
San Bernardo subraya el papel de los ángeles como mediadores de la providencia de Dios. La mediación no siempre es necesaria: Dios puede tocarnos directamente, pero se complace en permitir que sus criaturas sean canales de gracia unas para otras (…)
El último y más decisivo acto de caridad de los ángeles tendrá lugar en la hora de nuestra muerte, cuando nos conduzcan a través del velo de este mundo hacia la eternidad. Entonces manifestarán sus características: No pueden ser vencidos ni seducidos, y mucho menos seducir. En ese momento caerá toda apariencia. La retórica fracasará. Solo la verdad permanecerá y resonará, en sintonía con la misericordia.
------
Newman, hoy Doctor de la Iglesia, nos invita también a redescubrir al maestro como iluminador angélico. Es un desafío profético, dado que gran parte de la llamada educación se delega hoy en medios digitales y artificiales, mientras los jóvenes anhelan encontrar maestros dignos de confianza, capaces de transmitir no solo habilidades, sino sabiduría.
------
Un encuentro angélico es siempre personal. No puede ser sustituido por una descarga ni por un chatbot.
Lillian Calm