Al parecer las travesías a la Luna no me atraen o, quizás, me producen tanto susto que cuando sus tripulantes ya están por regresar a la Tierra, prefiero ni saber de esos aterrizajes.
Evito, en el momento, oír al relator de la estación espacial y prefiero ignorar el minuto mismo del regreso. Afortunadamente los cinco del Artemis II ya están a salvo. En tierra firme. Son quienes han llegado más lejos que nadie en el espacio y superaron con creces el récord de la Apolo 13, en 1970.
Hay gustos para todo, pienso. Pero hay que considerar que los cinco partieron por propia voluntad. No fue así en el caso de Laika.
Aún recuerdo esos primeros intentos en el espacio. Yo estaba en el colegio; aún en preparatorias. Ese era casi el único tema del que entonces se hablaba en los recreos. En la noche, a una hora en punto, con mis padres salimos a la terraza a ver pasar, rauda, por los cielos de Chile, lo que no era más que una lucecita fugaz.
Lo que a mí se me quedó grabado en esos inicios de la competencia espacial fue el episodio de Laika. Los soviéticos enviaron en el Sputnik 2 una perrita callejera a dar vueltas a la Tierra. Parece que se dice orbitar. Se llamaba Laika, que en ruso significa ladradora, y daría vueltas en el espacio para siempre jamás. Esa perra espacial soviética se convirtió en el primer ser vivo terrestre en orbitar la Tierra y se han levantado incluso diversos monumentos en su memoria.
Hoy se la recuerda como el primer animal que murió en órbita. Incluso un área de terreno del planeta Marte fue denominado Laika en su memoria.
Muchos años después leí el que para mí es el mejor libro de la periodista italiana Oriana Fallaci: Si el sol muere. Es un título de la década de los sesenta que pocos conocen. Y cada cierto tiempo, cuando se habla nuevamente de expediciones del hombre a la Luna, vuelvo sobre algunas de sus páginas.
Entre los disímiles entrevistados de Si el sol muere, uno de ellos es el propio Werner von Braun, padre del programa espacial de la NASA y, por lo tanto, de la epopeya lunar. Cinco años antes del alunizaje, la Fallaci le preguntó con su estilo tan propio:
“Aquí se habla del viaje a la Luna como si se tratara de un viaje desde Huntsville a Nueva York, y se repite continuamente que tendrá lugar, al menos por parte de los americanos, hacia 1970. ¿Se realizará realmente hacia 1970?”.
La respuesta del científico Von Braun, contra todo lo que Oriana se hubiera podido imaginar, se centró solo en las platas:
“Si el pueblo (norte) americano está dispuesto a pagar, sí. No le quepa la menor duda. La empresa cuesta centenares de millares de millones de dólares, o sea, miles de millares de millones de liras, y solo puede realizarse si el Congreso sigue financiándola. Mi único gran sí es precisamente este. Un sí financiero, no técnico. No tengo previsto ningún retraso desde el punto de vista técnico. Existen, evidentemente, algunas dificultades; pero todas ellas son de fácil solución. El viaje es corto: ocho días entre la ida y la vuelta. Trasladarse a la Luna es un pic-nic”.
Lillian Calm