Es harto complicado mentir. Y si no, que lo diga Pinocho. Cada mentira que decía, más le crecía la nariz.
Un día incluso quiso anular un decreto y, cuando le preguntaron el por qué, respondió que era por razones de tipeo. Y, entonces, más le creció la nariz.
Incluso los niños saben, desde chiquititos, que no deben mentir. Les puede crecer la nariz, como a Pinocho, y no demorará en descubrirse la falta.
Al Gobierno de Boric le quedan apenas días y, la verdad, uno se cansa de seguir analizando falsedades, pero ahora la guinda de la torta ha resultado ser no solo el cable Hong Kong-Concón, sino todo lo que envuelve este episodio tan singular.
Cuando alguien me dice algo, yo le creo. Cuando alguien y muchos mienten, sobre todo en materia de Estado, borrón y cuenta nueva.
Es por eso que, como última recomendación, le sugiero al aún Presidente y al gabinete en pleno leer Las aventuras de Pinocho, ese niño que a veces se ponía narigón porque no decía, al igual que otros más añosos, la verdad.
Las aventuras de Pinocho, del italiano Carlo Collodi, se publicaron primero por entregas bajo el título Storia di un burattino ("Historia de una marioneta"), en el Giornale per i bambini, a partir del 7 de julio de 1881. La obra completa apareció como libro ya en 1883.
En julio próximo se cumplirán ciento cuarenta y cinco años desde que nació Pinocho, hasta hoy una de las obras más fascinantes de la literatura infantil que, por supuesto, no está vedada a los adultos. Y que le hace bien especialmente a algunos adultos que no dicen la verdad.
Recuerdo que hace unos años el tema fue ampliamente tratado en Italia, su país de origen. Il venerdi, semanario del diario italiano La Repubblica, publicó en portada un Pinocho de madera harto narigón, acompañado de su sombra harto narigona también. La marioneta y su sombra introducían un extenso artículo titulado Menzogne all’ italiana, tal cual como nosotros podríamos hablar, por aproximación, de mentira a la chilena.
Lillian Calm