Una mañana cualquiera de la semana pasada, tengo casi la seguridad de que fue el viernes, camino al centro de Santiago pasé a misa a la iglesia de San Agustín. Esa que está recién refaccionada (luce por afuera pintada como nunca) y que guarda tesoros tan preciados como una antiquísima Virgen del Carmen y el Cristo de Mayo, cuya pertenencia se atribuye a la Quintrala.
Estado con Agustinas. Pleno centro de Santiago. Su construcción, con sus posteriores refacciones tras consecutivos terremotos, data de 1608.
Eran las once de la mañana y el Padre Francis, un sacerdote nigeriano espiritual y encantador, tomó el micrófono para pedir perdón a los feligreses (claro, él ha pasado temporadas en la puntual Inglaterra) y explicar que la misa se había atrasado unos minutos porque se acababan de ir los policías, ya que la iglesia había sufrido un robo…
Empezó y terminó la misa con el fervor de siempre. Nadie más dijo nada. Le pregunté en voz baja a uno de los ayudantes (estábamos dentro de la iglesia) y me confirmó: dos alcancías y, desde convento, dos computadores más un celular.
Muy poco, en realidad, pero mucho, muchísimo desde mi punto de vista. Hablé de inmediato con periodistas, pero me parece que la noticia finalmente no apareció en la prensa escrita. Puede ser que me equivoque.
Claro: dos alcancías y dos computadores, más un celular, no son suficientes a estas alturas para una nota periodística, si se compara con los robos a gran escala, los asesinatos y los asaltos, los secuestros y la proliferación del narcotráfico que se viven a diario en el país. No llegan a ser noticia en las páginas interiores ni menos en primera plana.
Recordé las cinco preguntas que se nos enseñan el primer día que pisamos las escuelas de Periodismo: qué, quién, cuándo, dónde y por qué.
El cuándo y el dónde para mí constituyen, en este caso, noticias de primera plana.
¿Dónde? En una de las iglesias más antiguas del centro de Santiago.
¿Cuándo? Solo días después del robo perpetrado el martes anterior (tres días antes) en la Catedral de Santiago. En esa oportunidad el botín consistió en objetos litúrgicos del 1700. Ahora, al parecer, es el momento de las iglesias patrimoniales…
Lillian Calm