A pesar de los escándalos políticos protagonizados por su eternizado gobierno socialista, España sigue siendo España. Los enredos protagonizados incluso desde la Moncloa, sede del presidente del Gobierno Pedro Sánchez, contrastan con las conmemoraciones reales organizadas por todo lo alto: se celebran los cincuenta años del regreso de la monarquía.
Por eso decidí hacer un paréntesis e incluso evadirme de Chile actual para mirar hacia la península y no solo porque recién, hace apenas unos días, la reina madre Sofía haya recibido, emocionada por cierto, el merecido Toisón de Oro (Orden fundada en 1429) de manos de su hijo, el rey Felipe VI. Por mucho más.
Al cumplirse medio siglo de la restauración de la monarquía, el próximo 3 de diciembre, en la Galería de Colecciones Reales de Madrid, se inaugurará la gran (se enfatiza el adjetivo gran) muestra dedicada a la reina Victoria Eugenia: Ena de Battenberg.
Esa exhibición no ha descuidado detalles. Se exhibirán, incluso, recortes de la prensa británica de la época (principios del siglo XX), con fotografías de las entonces candidatas para convertirse en reina de España; los lectores podían votar por la que les pareciera la más adecuada, concurso en que Victoria Eugenia salió séptima.
Nieta menor de la reina Victoria y bisabuela del actual monarca Felipe VI de España, esta princesa inglesa se casó con el borbón Alfonso XIII.
Adelantándose a su tiempo, desarrolló una obra humanitaria que hasta hoy prevalece, aunque para algunos españoles fuera siempre la reina extranjera. A pesar de su entrega al pueblo español, de su sensibilidad y su intensísimo trabajo social, las convulsiones políticas obligaron, en 1931, a los monarcas a exiliarse.
Ena solo pudo regresar a Madrid, y por breves días, treinta y siete años después: en febrero de 1968. ¿La razón? El 30 de enero de ese año, es decir apenas unos días antes, había nacido su bisnieto, hoy Felipe VI, y ella era la madrina. Franco accedió entonces a otorgarle un breve permiso especial.
Ahora ya no me importa morir. He conseguido volver a España, dicen que fue su comentario.
En esos breves días de su regreso a Madrid, desde el exilio, fue recibida por un pueblo que hizo largas colas para saludarla.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar. No me voy a detener en genealogías, sino en un libro que leí y que me pareció fascinante: Goodbye, España, de la escritora Mercedes Salisachs. No sé si los literatos per se y los que se auto califican de literatos, le encontrarán el mismo valor que yo, pero no descansé hasta terminar esas páginas quizás por ahí algo noveladas, pero aprendí de historia y humanidad, y experimenté penas y alegrías junto a esa reina que vivió no solo el desamor sino también el exilio.
Cuando hace años me lo recomendaron, el libro ya estaba agotado. Hasta que logré encargarlo bajo ese estigma de libro usado, aunque reconozco en muy buenas condiciones.
Esta novela, con su presente y sus recuerdos, transcurre en esos días en que la reina regresó a Madrid.
Pero el tema en torno a Ena de Battenberg no muere. Al libro de Mercedes Salisachs se suman ahora otros, entre ellos uno que acaba de aparecer. Es de la periodista y escritora Pilar Eyre (no lo he leído) y sobre este se basa la serie Ena de RTVE, cuyo primer capítulo no ha tenido la mejor de las críticas, a pesar de su excelente ambientación; ha sido más bien culpa de sus actores de habla inglesa que aparecen concentrados, más que en el argumento, en pronunciar un castellano que les resulta algo forzado.
Yo me quedaría, entre todas estas conmemoraciones, con la exposición en la Galería de las Colecciones Reales, que permanecerá abierta hasta el 5 de abril. Se exhibirán unas 350 obras, documentos, libros y fotografías relacionados con Victoria Eugenia.
Ena es la madre de Juan de Borbón, conde de Barcelona y padre del emérito Juan Carlos, cuyas memorias Reconciliación (escritas por Laurence Debray) también aparecen en estos días en su versión castellana.
Cuánto hay que decir de Ena. Desde el mismo día de su matrimonio debió afrontar la adversidad: el 31 de mayo de 1906, día de su boda en Madrid, en el trayecto en carroza abierta, un anarquista lanzó a los novios un ramo de flores que ocultaba una bomba. Estalló. El rey y la reina resultaron ilesos, pero el atentado dejó una treintena de muertos.
Para mí Goodbye España resultó ser un libro de esos que al leerlos uno siempre piensa prestar, y de hecho los presta y los vuelve a prestar, pero la verdad es que terminan finalmente perteneciendo a ese género de los tantos libros prestados a los que, al final, se les pierde la pista y nunca jamás se logran recuperar.
Lillian Calm