UNA MANO MORA

 

Lillian Calm escribe: “La única explicación plausible (al menos lo pienso así) es que una mano mora se esconda entre las autoridades del Ministerio de Salud u otra repartición con decisiva injerencia. Y esa mano mora no tiene por qué ser el ministro y aclaro, de paso, que no me voy a sumar a la singular cantinela de los últimos días: los francotiradores que han brotado en su contra”.

Quisiera equivocarme pero me temo que no. Tengo el pálpito -que a ratos se me transforma en certeza- de que una mano mora, sibilinamente, está procurando impedir la libertad de culto en Chile.

 

Es fuerte decirlo, lo sé. Pero hace muy pocos días la Corte Suprema acogió el recurso de protección presentado en contra de la resolución del Ministerio de Salud que prohibía la realización de misas dominicales, y ordenó que se permitiera la asistencia a dichos cultos, pero bajo parámetros del plan Paso a Paso.

Según ese fallo de la Corte Suprema, el Ministerio había actuado en forma arbitraria y discriminatoria al prohibir esas instancias religiosas, pero sí permitir otras actividades grupales.

Y señaló textualmente:

“…debe precisarse inmediatamente, que la posibilidad de participar presencialmente en la misa dominical no puede estar suspendida, la restricción se puede generar a la luz de la cantidad máxima de personas que concurran al momento de su servicio, esto es el aforo. Sin embargo, respetándose este aforo máximo, regulado por razones Sanitarias de emergencia, el derecho se puede ejercer sin otra restricción”. 

 

Entonces la mano mora se las arregló para determinar:

sí a la misa, pero con un aforo máximo de cinco personas. Y ello por supuesto sin ni siquiera especificar los metros cuadrados del recinto.

¿Imaginamos la catedral de Santiago o el Santuario Nacional de Maipú o el Santuario Teresa de los Andes o tantos más con apenas cinco fieles en su interior? Absurdo.

En una reciente columna me referí a una homilía de domingo, en que el obispo Juan Ignacio González (y cito párrafos) “revestido rigurosamente según manda la liturgia, ataviado con su mitra episcopal, con ademanes ceremoniosos, subió al ambón y desde ahí dirigió una sentida plática a sus fieles en la catedral de San Bernardo”.

Y lo oí decir -a través de un video, naturalmente-, que en esa catedral, con una capacidad para seiscientas personas sentadas, él estaba absolutamente solo. No había fieles. No había nadie porque a ello lo obligaban las normas administrativas dispuestas por la autoridad civil “cuyo objetivo habría sido mitigar la pandemia mediante el aumento de las restricciones”.

El Jueves Santo el mismo obispo volvió a hablar para decir que el que cinco personas asistan a una ceremonia de cualquier culto “no es lo que corresponde en el derecho ni es lo que corresponde a la justicia, ni es una consideración aceptable de lo que significa la libertad religiosa para una nación cristiana como la nuestra”.

Más allá de sus palabras, ahora se podría dar la más irracional de las situaciones: la asistencia, de acuerdo a la autoridad civil, de cinco fieles en esa catedral construida para seiscientos. ¿Tiene esto de alguna lógica?

La única explicación plausible (al menos lo pienso así) es que una mano mora se esconda entre las autoridades del Ministerio de Salud u otra repartición con decisiva injerencia. Y esa mano mora no tiene por qué ser el ministro y aclaro, de paso, que no me voy a sumar a la singular cantinela de los últimos días: los francotiradores que han brotado en su contra.

Y llego más allá: la Mano Mora (las manos moras son inteligentes y por eso la destaco en mayúsculas, aunque ellas prefieren pasar inadvertidas), me imaginó que calibró: “Quedemos bien con la Corte Suprema, cumplamos con su fallo pero al mismo tiempo ejerzamos nuestro cometido de poner trabas al culto religioso: que el aforo sea solo cinco personas”.

Así, con ese raciocinio, no se queda bien con Dios y con el Diablo. Se queda bien solo con el Diablo.

Pero la reacción de los fieles ya se está manifestando. Esto me hizo recordar la famosa anécdota del niño chino.

El niño llega a su clase de catecismo, a la misión, sin saber que el sacerdote ha sido detenido. Un agente comunista le pregunta:

-¿A dónde vas?

- A catequesis.

- Ya no hay catequesis.

- Entonces voy a ver al sacerdote.

- Ya no hay sacerdote.

- Entonces voy a la Iglesia.

- Ya no hay Iglesia.

Y el niño chino contesta:

-Yo estoy bautizado… Yo soy la Iglesia.

Aclaro que en el caso de Chile la Mano Mora, al menos en esta ocasión, no tiene por qué ser solamente comunista.


Lillian Calm

Periodista

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