Recuerdo bien esos días de ajetreo periodístico en que se comenzó a hablar de la enfermedad terminal de a quien entonces creíamos inmortal: Hugo Chávez. Pero resultó que no era inmortal. Él mismo anunció, el 30 de junio de 2011, que se le había diagnosticado un cáncer terminal. Murió en marzo de 2013.
En ese período más que del enfermo se comenzó a hablar del delfín. Empezaron las cábalas y se señalaba a María
Gabriela Chávez, la hija mayor, como eventual y casi segura sucesora. Otros, en cambio, preferían a Adán, el mayor de los
hermanos de Hugo.
No sé qué habrá sido de ellos, pero sí tengo clarísimo que el sino se inclinó por el que consideraban un moderado (¿sería tan moderado, entonces?), el ministro de Relaciones Exteriores y luego vicepresidente, Nicolás Maduro Moros, que de dirigente sindical había saltado a altos cargos de gobierno.
No vamos a repetir cómo continúa la historia, porque la conocemos bien: fraudulentas elecciones presidenciales, venezolanos que siguieron emigrando a Chile y otros países en busca de lo que les negaba su propia patria, en fin.
Pero hoy quiero recordar un hecho sorprendente. Con un propósito distractor, Maduro anunció en un momento dado que había decidido adelantar la Navidad. No se trataba de adelantar Halloween o algún aniversario de qué sé yo qué gesta patriótica, sino que nada menos que de la Navidad, simplemente porque ya huele a Navidad (sic) y esta será el lº de octubre. La decisión se extendería año a año.
Dijo Nicolás Maduro:
Es septiembre y ya huele a navidad y por eso este año en homenaje al pueblo combativo, en agradecimiento a ustedes, voy a decretar la Navidad para el 1° de octubre; llegó la Navidad con paz, felicidad y seguridad.
Y enfatizó:
Arranca la Navidad para el 1 de octubre. Para todos y todas. Llegó la Navidad, con paz, seguridad y felicidad.
Si algo no le podía importar, y menos a Maduro, era que el resto del mundo celebrara la Navidad el 25 de diciembre; para él sería en octubre y punto.
No sé si alguna vez él siquiera oyó hablar de lo que es un
ciclo litúrgico; me temo que no. ¿Sus navidades serían sin advientos? ¿Sabía, por lo demás, lo que es el adviento? ¿Lo que significa un tiempo litúrgico?
Porque recordemos que el adviento es un tiempo de espera y de esperanza, con una duración entre 22 y 28 días. No es un día cualquiera ni más encima de octubre, como se le pasó
por la cabeza a Maduro. Se trata de los cuatro domingos previos a la Navidad y es una preparación para vivirla.
Curioso empecinamiento de Maduro: intervenir incluso los tiempos litúrgicos de la Iglesia. ¿Megalomanía? Habría que agregar, también, una buena dosis de ignorancia.
No sabemos cómo seguirá la historia… aunque me imagino que, por lo menos, tras la defenestración del matrimonio Maduro, Nochebuena volverá a ser en Venezuela el 24 de diciembre y el 25, Navidad.
Lillian Calm