MIS CINCO EGIPTOS

 

MIS CINCO EGIPTOS

Lillian Calm escribe: “Que quede claro: no he viajado. Estoy en mi escritorio frente al computador. Solo he seguido una recomendación: asomarme al nuevo museo arqueológico inaugurado hace ya dos meses en El Cairo. No lo voy a describir porque es indescriptible. Baste decir que el GEM (por su sigla en inglés) o Gran Museo Egipcio está proyectado para ser el mayor del mundo. Tras una construcción de dos décadas, sus dependencias exhibirán más de 100.000 objetos. Y de una sola civilización”.

Al finalizar un año y comenzar otro parece que prefiero irme, al menos in mente, algo lejos… y, ¿por qué no?, nuevamente a Egipto. Al Egipto no solo de los faraones, sino de antes de los faraones. Leo: desde la prehistoria y el período predinástico. En suma, desde el 700.000 a.C.

Y es facilísimo llegar. Basten unos pocos clicks y entramos vía YouTube.

Un alcance: al hacerlo recordé una columna mía de hace quince años titulada Mis cuatro Egiptos. Ahora no me queda sino titular Mis cinco Egiptos. Y para esto no he tenido que embarcarme en ningún avión, hacer escala en país alguno, ni volar hacia esa tierra de contrastes donde se entremezclan la solemnidad del pasado y la informalidad del presente.

Que quede claro: no he viajado. Estoy en mi escritorio frente al computador. Solo he seguido una recomendación: asomarme al nuevo museo arqueológico inaugurado hace ya dos meses en El Cairo.

No lo voy a describir porque es indescriptible. Baste decir que el GEM (por su sigla en inglés) o Gran Museo Egipcio está proyectado para ser el mayor del mundo. Tras una construcción de dos décadas, sus dependencias exhiben más de 100.000 objetos. Y de una sola civilización.

Leo que está situado en el área de las pirámides Keops, Kefrén y Micerinos, esos nombres que debí repetir de memoria en el colegio y que aparecían en las primeras páginas de los manuales de historia. De esa historia que delimita con la prehistoria.

Todo esto me llevó a recordar mi columna anterior, a pesar de que he pisado una sola vez ese país de faraones. Y aquí, entonces, aparecen Mis cuatro Egiptos que ahora son cinco.

Mi PRIMER Egipto, ya lo dije, es ese del libro de historia del colegio. Me marcó. Sus pirámides, su Nilo, sus dioses, no se pueden olvidar, pero reconozco que era una visión en miniatura de mi SEGUNDO Egipto: el que conocí décadas más tarde, al pisar esa tierra. Entonces dimensioné esas pirámides, navegué su Nilo, cabalgué sus camellos, recorrí uno de los más imponentes (entonces) museos del mundo, me encontré con sus dioses grabados en testimonios milenarios y enmudecí ante el espectáculo imponente de luz y sonido más logrado que jamás haya visto.

Mi TERCER Egipto fue más personal. Algo audazmente -errores de juventud- me zafé de todo lo que tuviera sabor a tour, y me alejé del hotel y del grupo para vivir ese país árabe y los alrededores de su céntrica plaza Tahrir, con su impronta estadounidense reflejada en los Burger Kings o Burger Inn (ya no recuerdo bien cuáles). Mi experiencia no duró mucho, a pesar de la deformación o formación periodísticas. Se extendían demasiado hacia mí esas manos que se ven en todo Egipto, de quienes lucran con el turismo pero que claman como pordioseros, pidiendo lo que sea. Es verdad: se palpaba la miseria, pero esos seres ya occidentalizados estaban lejos de evocar la hambruna que existe en algunos países del África.

Me ofrecían de todo y ellos mismos al mostrar su mercancía iban reduciendo sus precios, segundo a segundo, como regateándose a sí mismos. En un momento me detuve. Craso error. Me fijé en un gato de piedra de unos 15 centímetros de alto -el culto al gato aparece en el Antiguo Egipto alrededor del año 2.900 a.C.- que no pensaba comprar, pero la transacción la hicieron ellos mismos. Money, money, money, repetían a coro. Prácticamente me obligaron a llevarme un gato de piedra, imitación de aquellos de los de tiempos faraónicos; entonces, dicen, eran criados en los templos por su estrecha relación con las deidades. El hecho es que llegué con el gato de piedra a Chile que era en principio bastante caro pero que, no supe cómo, me terminaron endilgando apenas por el precio de tres dólares.

Luego empalmé con el CUARTO Egipto, un Egipto más mío. Le oí al pasar a un turista que en El Cairo se encontraba la casa de la Sagrada Familia, ésa donde tras su huida vivieron María y José con el Niño. No es dogma de fe, por supuesto. Pero la tradición y la creencia popular la sitúan en esa especie de cripta estrecha que se encuentra bajo la basílica de San Sergio y que es preservada por los coptos; ellos han mantenido la fe cristiana desde el siglo I a pesar de los muchísimos pesares.

Sin embargo, hacia allá no encontré buses turísticos. Con mi amiga Marta, también periodista, nos fuimos a la estación de metro y en cuanto éste se detuvo nos subimos a uno de sus carros. Horror de horrores. ¡Nos encontramos arriba de aquel en que sólo pueden trasladarse hombres! Se paralizó unos minutos todo el sistema, y mientras nos miraban con risa y sorna, alguien nos condujo al vagón que nos correspondía, de puras mujeres. Ahí casi todas iban cubiertas de pies a cabeza, menos nosotras por supuesto.

Llegar a la cripta fue retroceder a la modernidad, aunque se encuentra en el llamado Barrio Viejo de El Cairo, cerca del Nilo. En Egipto, salvo los Burger, prácticamente todo es de milenios antes de Cristo. Aquí estábamos en tiempos de Cristo, hace apenas veintiún siglos, lo que en ese país es casi presente.

Me invadió esa devoción profunda que había experimentado en Tierra Santa. El que se queja en esos lugares de los muchos ambulantes, algunos verídicos y otros no, es que solo ve ambulantes. Afortunadamente vimos mucho más y entramos a ese refugio pequeñito, muy pequeñito, considerado un lugar santo por haber sido el hogar de esa familia que debió huir de la persecución del rey Herodes.

Dejé Egipto con la impresión de que había estado en un país paupérrimo de un patrimonio riquísimo, donde también había encontrado un rincón que no todos visitan. Hoy, después de unos años, casi me parece una fábula haber estado en esa tierra, pero el gato de piedra es el testimonio de que realmente fui para allá y de que me lo traje por, apenas, unos pocos dólares.

Y ahora, de pronto, se me presenta este viaje virtual: es mi QUINTO Egipto, pero prefiero no adelantar nada. Solo sugiero que si a alguien le interesa el tema que busque en YouTube simplemente Gran Museo Egipcio. No se requiere nada más.

 

Lillian Calm

Periodista

01-01-2026

 

 BLOG: www.lilliancalm.com

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