FÚTBOL

 

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Lillian Calm escribe: Uno de mis autores más admirados, y que no me canso de leer, es Joseph Ratzinger. Una de sus reflexiones sobre el fútbol data de 1978. Entonces se jugaba el Mundial precisamente en Argentina y él, aún cardenal, no podía ni siquiera vaticinar que años más tarde se convertiría en Benedicto XVI.

Tengo una admiración profunda por el fútbol. Curioso ya que nunca he ido a un estadio, nunca he visto ni de cerca a los jugadores, tampoco a las barras y, si mal no recuerdo, creo apenas haber presenciado el primer tiempo de un partido entre colegiales.  

Para hurgar en mi única cercanía con el fútbol quizás tenga que retroceder a épocas de adrenalina periodística, vividas siempre contra-reloj en los tiempos en que trabajaba en el diario La Segunda. Mientras me encontraba inmersa en la sección Internacional, y solo una enclenque división me separaba de la sección Deportes, aunque procuraba concentrarme en política exterior, desde muy temprano en la mañana hasta mediodía oía hablar de fútbol. De arcos y jugadores, en boca de dos expertos:  mis amigos Cañón Alonso y Cristián Bustos.

Yo, en cambio, estaba dedicada por ejemplo de lleno a los avances (y a veces retrocesos) de la mediación papal de Juan Pablo II entre Chile y Argentina por el canal de Beagle, esa que evitó una guerra que podría haber sido muy cruenta pero, me temo, que muchos de aquellos que integran las nuevas generaciones, tanto de lado y lado, hoy ni siquiera alcanzan a dimensionar y menos pueden recordar.

Pero en todo caso mi admiración tan grande por el fútbol no viene de ahí, sino de consideraciones que he leído.  Entre mis autores más admirados, y que no me canso de leer, está Joseph Ratzinger. Una de sus reflexiones sobre el fútbol data de 1978. Entonces se jugaba el Mundial precisamente en Argentina y él, aún cardenal, no podía ni siquiera vaticinar que años más tarde se convertiría en Benedicto XVI.

 

Reproduzco solo unos párrafos de una intervención suya  titulada El fútbol es algo más que mera diversión.

 

Cuando en estos días de junio de 1978 uno echa un vistazo a los periódicos o a los programas de radio y televisión, en seguida se da cuenta de que hay un tema dominante: el mundial de fútbol (…)  El fútbol se ha convertido en un acontecimiento global, que une a los hombres de todo el mundo, por encima de todas las barreras, en un mismo estado interior, con sus esperanzas, miedos, pasiones y alegrías. Difícilmente otro acontecimiento en la tierra logra un impacto parecido.

El juego sería también una especie de anhelado retorno al paraíso, la salida de la seriedad esclavizante de la cotidianidad y sus preocupaciones vitales, hacia la libre seriedad de aquello que no tiene que ser y por ello es hermoso.

Asistiendo al juego, la gente se identifica con él y con los jugadores y participan así en el espíritu de equipo y de competición, en su seriedad y su libertad. El jugador se convierte en un símbolo de la propia vida, que actúa sobre ella. Saben que uno se ve representado en ella y encuentra su confirmación.

Quizá podríamos, pensando en esto, realmente aprender a partir del juego a vivir la vida de nuevo. Pues en él se hace visible algo fundamental. Que el hombre no vive sólo de pan; sí, el pan es realmente sólo un escalón previo de lo auténtica humano, del mundo de la libertad. Pero la libertad vive de reglas, de autodisciplina, que enseña la colaboración y la justa confrontación, la independencia del éxito exterior y del arbitrio, y precisamente por ello se hace verdaderamente libre. El juego, una vida. Si miramos a fondo, el fenómeno de un mundo en delirio por el fútbol podría proporcionarnos algo más que simple entretenimiento.

Quien quiera entender, que entienda.

 

Lillian Calm

Periodista

28-08-2025

 

 BLOG: www.lilliancalm.com

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