YO ENTREVISTÉ A UN VERDADERO PESO PLUMA

 

YO ENTREVISTÉ A UN VERDADERO PESO PLUMA

Lillian Calm escribe: “Godfrey Stevens fue  un peso pluma muy digno, que en febrero de 1970 viajó a Japón a batirse por el título mundial en una importante lid y, aunque perdió, dejó muy alto el nombre de Chile”.

 

Me molesta hasta el apodo  del inefable invitado de la Municipalidad de Viña del Mar al festival de este año. En realidad siempre me ha molestado todo lo relacionado con la decadencia cultural. Y en este caso quizás más, no solo por el daño que genera con sus palabras y su música, sino porque yo entrevisté a un verdadero peso pluma.

Godfrey Stevens fue  un peso pluma muy digno, que en febrero de 1970 viajó a Japón a batirse en su categoría por el título mundial de boxeo en una importante lid y, aunque perdió, dejó muy alto el nombre de Chile.

 

UN REBELDE PERMANENTE

Godfrey creció en la población Juan Antonio Ríos. Hijo de un inglés auténtico y de una iquiqueña (se conocieron en 1920 cuando, tras la segunda guerra mundial, él había llegado a Chile contratado por las salitreras), sería campeón sudamericano en su categoría; sin embargo perdió el título mundial en Japón ante Shozo Saijo, en una disputa que Televisión Nacional trasmitió en directo. Pero ello no impidió que al regresar a Chile fuera recibido como héroe. Fue “la” noticia.

Meses antes (fines de la década del sesenta) yo había llegado en mi enclenque Fiat 600 a la casa de Godfrey Stevens, en la Panamericana Norte, seguramente bien abastecida de preguntas que me habían ayudado a preparar en la sección Deportes.

Me recibió su mujer junto a sus cuatro hijos, todos con nombres ingleses. Por ella supe que él no era solo boxeador profesional. Madrugaba para salir a correr, en épocas en que casi nadie corría, y luego se dirigía a su trabajo, pues era secretario de la sección IBM de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado.

El peso pluma, quien horas antes había derrotado al estadounidense Bobby Valdez en un encuentro que provocó gran expectativa, apareció en escena y, como buen hijo de inglés, lo primero fue excusarse por unos pocos minutos de atraso.

Me reconoció que hasta los ocho años era un niño extremadamente tímido, tanto que por primera vez golpeó a otro chico, en defensa propia, porque lo obligó su madre.

-Si yo ganaba un juego, los otros me pegaban; y, si lo perdía, también me pegaban. Empecé a meditar la posibilidad de ser boxeador profesional a los diecinueve años. Yo tenía un físico muy poco apropiado para mi edad: pesaba 52 kilos, era un alfeñique y nunca había tenido buena salud. Comencé a practicar boxeo para recibir, por medio del ejercicio, un tónico para mi esmirriado cuerpecito. También practiqué ciclismo, atletismo, natación, básquetbol, fútbol y pimpón.

En su casa tomaron a la broma su decisión: ¡boxeador profesional!

-Mi papá se rió pues jamás imaginó que yo llegaría a ser boxeador profesional y consideró que era una nueva excentricidad mía. Yo no necesitaba dejarme crecer el pelo, vestirme raro y hacer tonterías para ser un rebelde permanente. Nunca estoy conforme conmigo mismo… ni siquiera con el boxeo. Siempre busco algo más. Tengo una tendencia a superarme siempre.

Paradójicamente ese rebelde permanente era a su vez él un padre preocupado de sus hijos: les tomaba las tareas de inglés e incluso les  enseñaba a leer a su modo los titulares:

-Aunque diga Stevens pelea con Bobby Valdez, mi hija mayor lee Stevens boxea con Bobby Valdez. He tratado de explicarle el deporte y desvirtuar su aspecto brutal.

La revista Estadio informó sobre ese encuentro del chileno con el estadounidense Valdez: Desde la Copa del Mundo de fútbol, en 1962, no se advertía tanta expectación por un espectáculo deportivo.

 

BOXEADOR GRACIAS AL MANOLO

Meses después, en vísperas de su derrota ante Shozo Saijo y cuando él ya se encontraba en Japón, volví a conducir mi Fiat 600 pero esta vez hacia la casa de sus padres. No tenía la dirección exacta, pero en el barrio no había quien no supiera dónde vivía la familia del campeón.

El padre me abrió la puerta. El mismo que había obligado a Godfrey a hacer el servicio militar cuando el hijo le anunció en cuarto año de humanidades que no seguiría estudiando.

Charles Edward Stevens Ralford era la perfecta imagen del inglés: rubio canoso, llevaba un sweater sin mangas y, en la mano, sostenía la infaltable pipa. Hablaba un castellano con el más puro de los acentos británicos. Se sentó algo distante. Fue la madre de Godfrey, María González Heredia, quien tomó la palabra en una larga conversación, casi monólogo:

-La primera vez que me hicieron una entrevista, Godfrey todavía era un adolescente amateur.

A lo largo de esa conversación intuí que Godfrey llegó hasta donde llegó, prácticamente a ser el campeón del mundo en peso pluma, gracias al Manolo.

La madre me explicó:

-Godfrey era un niño tímido, criado entre mujeres. Yo lo cuidaba mucho, pues era el primer hombrecito. Pasaba largas horas sentado en la puerta de calle y había que vigilarlo constantemente pues el Manolo, un niñito del barrio, siempre le quitaba todas las cosas. Él llegaba llorando donde estaba yo: Mamá, el Manolo me volvió a quitar mis cosas. Yo le decía que le pegara pero él no se atrevía. Un día mi hijo me pidió ochenta centavos para comprar una bolita de bronce. Más se demoró en comprarla que el Manolo en quitársela: ya lo tenía de casero. Yo le dije a Godfrey que lo castigaría a él si no le pegaba. Incluso, cuando llegó el Manolo, le di un leve empujón para que se lanzara, y él empezó a pegarle y cerraba los ojitos. Yo le decía: ¡Abre los ojos, Godfrey! No se supo quién ganó pues cuando empezaron a sangrar, los separé, lavé al mío y lo cambié.

No supieron más del Manolo y, para esa Navidad, Godfrey pidió guantes de boxeo.

Doña María prosiguió su relato:

-Recibió dos pares de guantes de box (el padre, que entonces trabajaba como contador en la firma Williamson Balfour, los compró en la legendaria tienda Gath y Chaves). Jugaba con dos niños hijos del dueño del almacén del frente, el Bella Lola. Mi esposo los entrenaba porque en Londres, en la escuela, a  él le enseñaron boxeo como deporte.

 

Horas después de esa entrevista, ya en la mañana del encuentro con Shozo Saijo, sintonicé la televisión. Ahí los vi cómo, desde Japón, se enfrentaban en el ring. No me atreví a mirar todo. La verdad es que miré apenas. Y perdimos. Pero la llegada de Godfrey Stevens a Chile (a veces celebramos las derrotas) fue realmente apoteósica: la de un héroe.

Godfrey Stevens murió en 2022 en Australia, donde se había radicado. Él sí que fue un verdadero peso pluma.

 

Lillian Calm

Periodista

18-01-2024

 

 BLOG: www.lilliancalm.com

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