CON ALGO DE DÉJÀ VU

 

Lillian Calm escribe:“…una amiga, médico y de las muy profesionales, tras leer mi columna de la semana pasada

me envió un correo muy breve en que me preguntaba:

“¿Qué hubiera pasado si las madres de estos convencionales hubieran decidido abortar?”.

No. No voy a volver atrás como si me hubiera quedado estancada en la columna de la semana pasada. La de hoy no es un déjà vu, como suele decirse en elegante. Pero para introducir el tema no puedo sino echar una somera mirada hacia atrás.

Hace siete días, y lo recordarán quienes hayan leído esas líneas, citaba un medio periodístico alemán, el Deutsche Tagepost , que se preguntaba de qué se hubiera privado a la humanidad si un Amadeus Mozart o un Johann Sebastian Bach, un Richard Wagner u Otto von Bismarck, un Freiherr von Stein, Franz Schubert, Carl Maria von Weber, Ludwig von Beethoven o Georg Friedrich Haendel hubieran sido condenados a no nacer.

Como todo escrito periodístico debe tener al menos algún viso de actualidad, el tema se ajustaba con creces debido a la aprobación del  aborto libre por el pleno de la Convención Constitucional, lo que abre el camino a que quede finalmente consagrado en una nueva Carta Magna.

Se trata del primer inciso de los llamados derechos sexuales y reproductivos, que contó con una aprobación de 113 votos a favor, 35 en contra y 5 abstenciones.

¿Qué propician los 113 convencionales que votaron a favor? ¿Y, también y por qué no, los 5 que se abstuvieron y no fueron capaces de votar en contra?

Se consignó explícitamente que “todas las personas son titulares de derechos sexuales y derechos reproductivos. Estos comprenden, entre otros, el derecho a decidir de forma libre, autónoma e informada sobre el propio cuerpo, sobre el ejercicio de la sexualidad, la reproducción, el placer y la anticoncepción”.

Pero, ¿a qué voy ahora?

A que una amiga, médico y de las muy profesionales, tras leer

esa columna me envió un correo muy breve en que me preguntaba:

“¿Qué hubiera pasado si las madres de estos convencionales hubieran decidido abortar?”.

Solo atiné a responderle por escrito “excelente interrogante”, pero desde entonces he reflexionado cada vez más sobre el tema. Y quiero confesar que aunque nos hubiéramos librado de tanto despanzurro, de verdad yo no le habría deseado ser abortado ni al mismísimo Judas Iscariote.

Es más, pienso que quienes están por el aborto, que no es sino un crimen, no pueden saber lo que hacen. Creen que saben. Hablan de derechos… pero si no respetan el derecho a la vida, es preferible que ni mencionen la palabra derecho. Hablan de derechos humanos, pero tampoco saben en qué consisten. Si ni siquiera Naciones Unidas, el organismo como tal, es capaz de entender su famosa Declaración sobre el tema.

Cada día, un nuevo despanzurro.

Me da susto que esta palabra, que me salió del alma al escribir esta columna, no sea la adecuada. Y la busco en la RAE (Real Academia Española). Quizás los académicos me aconsejarían no utilizarla en este contexto, pero leo sus dos acepciones y me convenzo de que ambas vienen de perillas cuando se trata de hablar de aborto. Despanzurro significa:

  1. Romper a alguien la panza. 
  2. Reventar algo que está relleno, esparciendo el relleno por fuera.

 

 

Lillian Calm

Periodista

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