FALTAN SOLO UNAS POCAS HORAS

 

LILLIAN CALM ESCRIBE: “Yo pensaba que sabía mucho de san José, pero en realidad no sabía que no sabía casi nada, y decidí acudir al llamado de la carta apostólica e incursionar en escritos centrados en quien los evangelios no dudan en considerar el padre de Jesús”.

Seguimos en tiempo de espera. Tiempo de Adviento ( adventus Redemptoris, ‘venida del Redentor’). El Niño ya está por llegar. Nos detenemos no solo en María, la Virgen madre, sino también mucho, muchísimo en san José, casi siempre tan inadvertido.

 

Recién el 8 de diciembre, hace poco más de dos semanas, terminó el Año de san José, al que invitó el Papa Francisco en su Carta Apostólica Patris Corde (Con corazón de padre) en conmemoración del 150º aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia universal.

Fue un año de gracia espiritual -el primero de quizás muchos más que se dedicarán al santo- y que, lejos de terminar cronológicamente, quedó impreso en nuestros corazones para prolongarse sin término.

Yo pensaba que sabía mucho de san José, pero en realidad no sabía que no sabía casi nada, y decidí acudir al llamado de la carta apostólica e incursionar en escritos centrados en quien los evangelios no dudan en considerar el padre de Jesús. Uno de esos autores señala una verdad: “Pasa por el Evangelio sin que se le oiga pronunciar una sola palabra. No escribió jamás una línea…”. Pero a pesar de ello…

 

Fueron tres los libros sobre él que leí este año: Los silencios de san José, de Michel Gasnier; José, esposo de María, de Federico Suárez; y Descubriendo a san José en el Evangelio, de Pedro Beteta.

Me limitaré a transcribir un párrafo de cada uno de ellos tomados al azar (no dudo que haya muchos mejores), solo con el ánimo, en esta Navidad, de esperar la llegada del Mesías en Belén muy junto a la familia de Nazaret.

 

Los silencios de san José, Michel Gasnier:

“El címbalo que José tañía era su hacha, su flauta una regla, su tímpano una garlopa, su salterio una sierra, su cítara un martillo. Mientras los utilizaba, su corazón permanecía unido a Dios y su alma se elevaba hacia Él.

“El demonio jamás franqueaba la puerta de su taller. Se sentía confundido y desarmado frente a este hombre humilde. Por listo que fuese, no era capaz de comprender el misterio de quien le parecía a la vez indefenso e inexpugnable. No sabía por dónde atacarle, por dónde tentarle. Para tener éxito con un alma, necesita encontrar en ella un mínimo de rebelión, un esbozo del Non serviam! Pero este misterioso carpintero parecía tan feliz aserrando troncos de árboles, y dando forma a las ruedas de las carretas, que Satanás odiaba hasta el ruido de su martillo y de su sierra, que, a sus oídos, sonaba como una música religiosa. El espectáculo de aquel hombre justo era una tortura para él”.

 

José, esposo de María, Federico Suárez:

“… este hombre que aparentemente no pasa de ser un buen hombre, un personaje un tanto desvaído que nunca hizo nada de relieve, se nos muestra de una categoría muy poco corriente; este hombre que no pronuncia una sola palabra en su paso por el Evangelio, nos da con su silencio una lección de atronadora elocuencia; este hombre que no escribió una línea, ni nos legó un solo pensamiento, nos enseña algunas lecciones tan profundas que es dudoso que una no pequeña parte de los hombres de hoy sean capaces de percibirlas, dada la poca afición que el hombre contemporáneo siente por la reflexión y el poco tiempo que el trabajo, los negocios, las prisas y el constante deseo (¿o desazón?) de cambio le dejan para ello”.

 

 

Descubriendo a san José en el Evangelio, Pedro Beteta:

“Y no siendo en verdad José su padre, ¿no hubiera sido más correcto evitar llamarle padre? Y responde san Agustín que ‘a José no solo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno’. Ciertamente esta afirmación nos resulta extraña. Es verdad que Dios quiere que haga las veces de padre, pero que sea más padre que ningún otro nos parece una valoración sorprendente. No obstante, si tenemos en cuenta que el ejercicio cotidiano de la paternidad guarda mayor relación con el afecto espiritual de los esposos, del cual el hijo es su fruto, que con la generación según la carne, podemos afirmar, como dice el mismo san Agustín, un poco más adelante que ‘el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen, que era Hijo de Dios’”.

Y agrega: “José se sorprendería muchas veces mientras mecía al Niño en sus brazos o en la cuna o al cantarle una nana, o al darle de comer o al acariciarle mientras dormía… ¡Que el Hijo de Dios haya querido ser también su hijo y que le llamara -aunque impropiamente- igual que a Dios Padre: abba! ¡papá!”.

 

Lillian Calm

Periodista

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