MI AMIGA AMELIA

 

Lillian Calm escribe: “Había mucho que decir de ella, pero al no decirlo, al omitir sus cualidades y condiciones, y también sus muchas anécdotas plagadas de sentido del humor, pude advertir cómo esa despedida final retomaba esa solemne sobriedad de tantas ceremonias de antaño. De lo mejor del viejo Chile, el que alcanzamos a conocer y del cual tanto debemos preservar en estos tiempos difíciles”.

Hace solo unos días murió mi amiga Amelia. Amiga desde hace más de cincuenta años y debo admitir que, a pesar de conocerla tanto, no sé realmente qué diría si leyera estas líneas. Me inclino a creer que no le gustarían nada. Y no por errores de sintaxis o faltas ortografía, que espero no las haya (y que era uno de los temas recurrentes entre nosotras), sino porque en su sobriedad pidió que nadie, fuera del sacerdote en la homilía de la Misa, hablara en su funeral.

Había mucho que decir de ella, pero al no decirlo, al omitir sus cualidades y condiciones, y también sus muchas anécdotas plagadas de sentido del humor, pude advertir cómo esa despedida final retomaba esa solemne sobriedad de tantas ceremonias de antaño. De lo mejor del viejo Chile, el que alcanzamos a conocer y del cual tanto debemos preservar en estos tiempos difíciles.

Cuando me preguntaron si yo quería dar un testimonio en la iglesia por conocerla tanto, ante mi “no” rotundo, subrayado con una petición de que nadie lo hiciera para preservar su voluntad, me encargaron entonces que escribiera las peticiones que leyó una de sus sobrinas.

Por supuesto puse las prioritarias -el Papa, los obispos, los sacerdotes y laicos de la Iglesia universal- pero agregué dos que sé que a ella le habrían gustado:

-Pidamos por nuestra Patria, preocupación constante y muy querida suya.

Y…

-Pidamos por la pureza de la lengua castellana, por la que Amelia Allende tanto veló durante su vida y especialmente en estos últimos años.

Aquí me quiero detener. Su dominio del castellano era, me atrevo a decirlo, prácticamente absoluto. Revisó y editó libros, primero desde la gerencia editorial del sello Andrés Bello y, luego, durante décadas, en forma personal. Siempre buscaba la perfección del idioma. Cuántas veces la llamé para preguntarle sobre una construcción gramatical cualquiera. Y si no me respondía de inmediato, tras consultar incluso a la Real Academia de la Lengua Española, me daba la solución en pocos segundos.

-Si yo hubiera corregido este libro, me comentó muy al final con un ejemplar entre las manos, no hubiera dejado pasar el verbo “vienen”, que es un verbo complicado. ¿Vienen hacia dónde, hacia mí?

También muy al final me preguntó sobre qué estaba escribiendo mi columna de esa semana. Le contesté que aún la tenía en ciernes, pero que pensaba titularla El caramelo. Me respondió de inmediato:

-Es la presidencia del Senado, es decir, el caramelo que le dieron a Ximena Rincón para que no alegara por la candidatura presidencial de Yasna Provoste.

Me impresionó su rapidez mental cuando aún esa columna no existía del todo.

El último libro que revisó, y que debe estar por salir, lo entregó corregido con acuciosidad apenas días antes de morir.

Una amiga en común me comentó: “Yo la definiría como de una pieza. Una persona sin doblez”.

Y un intelectual muy letrado me la describió en un mail como “una gran mujer, de convicciones muy firmes y de vuelo tan alto como modestia de espíritu”, y me revelaba su voluntad de que surgieran “otras mujeres, que no conocemos, que hagan cosas tan valiosas como las que ella hizo”. 

Con su familia, con sus amistades, hemos comentado, es natural hacerlo ahora, tantas de sus virtudes: su rectitud, su discreción. Pero yo no voy a hacer de esta columna un panegírico, una necrología y ni siquiera un in memoriam. Prefiero esta vez solo destacar en ella esas dos características que los chilenos vamos perdiendo progresivamente: su amor a la Patria y su desvelo por el buen uso del idioma, en especial en tiempos de innovaciones aberrantes.

Cuánto le agradecí a un sacerdote que, al verme apesadumbrada ante su muerte, me sugirió: “Piensa que ella, a quien tanto le importaba el lenguaje, ahora está contemplando eternamente la Palabra con mayúscula, el Verbo mismo en todo su esplendor”.

 

Lillian Calm

Periodista

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