LA SUSODICHA

 

Lillian Calm escribe: “Me parece que a través de estas palabras está develando una realidad que si bien se pispaba, permanecía oculta: de dónde proceden las órdenes incendiarias porque en ese “todo” están involucrados no solo edificios menores sino, por supuesto, la municipalidad de Panguipulli, otras municipalidades, estaciones de metro, iglesias centenarias y quizás cuánto más en plena Araucanía, que ni siquiera me atrevo a precisar”.

Quiero volver unos días atrás e impedir que se me pasen los dichos de la presidenta de uno de los partidos más irrelevantes de la izquierda: Revolución Democrática. La susodicha -y no es que de cuyo nombre no quiero acordarme, sino que de verdad se me olvidó- dijo una frase que no se concibe con la idiosincrasia de nuestro país.

Respecto al incidente de Panguipulli en que murió un malabarista, la susodicha desde su tribuna política espetó:

“En Chile la vida de un pobre no vale nada. ¿Cómo quieren que no quememos todo?”.

No me voy a referir a la primera parte de su sentencia porque es evidente que en el país desde décadas no solo existen instituciones dedicadas exclusivamente a paliar la pobreza sino porque llega a ser emotiva la forma en que muchísimos particulares –y sin que se sepa, porque ese es el verdadero mérito- aportan con creces para ayudar a quienes lo requieran, muchas veces a través de las instituciones mencionadas o también en forma personal.

Pero sí me voy a referir a la segunda parte. A la interrogación formulada por la susodicha:

“¿Cómo quieren que no quememos todo?

  1. Me parece que a través de estas palabras está develando una realidad que si bien se pispaba, permanecía oculta: de dónde proceden las órdenes incendiarias porque en ese “todo” están involucrados no solo edificios menores sino, por supuesto, la municipalidad de Panguipulli, otras municipalidades, estaciones de metro, iglesias centenarias y quizás cuánto más en plena Araucanía, que ni siquiera me atrevo a precisar. (Entre paréntesis, se me olvidaba anotar que ella se inició a los 13 años en las Juventudes Comunistas).
  2. La susodicha y sus secuaces (porque si se trata de causar incendios, así podemos hablar) están pasados de moda. Nerón quemó Roma (al menos se dice que cantaba mientras la ciudad ardía) y esto fue antes de lo de los lamentables sucesos de Panguipulli: en el verano del año 64 de la era cristiana.

Pero eso no es todo: aquí no puede dejar de mencionarse otro personaje y no es sino Eróstrato, que deja chica a la susodicha. Su única finalidad era conseguir fama a cualquier precio y para lograrlo, según testimonios históricos, le prendió fuego al templo de Artemisa (Diana en mitología romana). Valerio Máximo, escritor romano, anota: “Se descubrió que un hombre había planeado incendiar el templo de Diana en Éfeso, de tal modo que por la destrucción del más bello de los edificios su nombre sería conocido en el mundo entero”.

A Eróstrato por lo menos se lo conoce por eso. Por su piromanía. En cambio otros, aunque procuren imitarlo en esas fechorías, seguirán siendo siempre del montón. No tienen posibilidades de pasar a la historia.

 

 

POST SCRIPTUM: En “¿cómo quieren que no quememos todo?” al referirse a “la vida de un pobre”, la susodicha habla en primera persona plural. Y eso es falso porque todos sabemos que ella recibe una suculenta dieta parlamentaria.

 

Lillian Calm

Periodista

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