NO SOY PUMA

 

Lillian Calm escribe: “Lo que no entiendo, y quizás me faltan luces para comprender, es por qué se protege tanto a los pumas y no a las personas cuando requerirían un trato sino especial al menos igualitario. No soy puma pero casi morí el viernes pasado cuando por un asunto puntual tuve que salir de mi ‘cabaña”.

Estoy de acuerdo en que las autoridades (y de distintas reparticiones, incluso mancomunadas) orienten operativos especializados cada vez que a un puma se le ocurre bajar desde la cordillera para husmear cómo andan las cosas en la ciudad. Claro: los humanos los pueden atacar, les pueden disparar, los pueden atropellar.

Y estoy de acuerdo no por moda, ni por esos ismos, ideologías o por esos eslóganes ambientales que salen a relucir en cuanto foro existe, sino simplemente porque siempre me han gustado los animales y rechazo, también desde siempre, a quienes se encarnizan en hacerles daño. Sea puma o sea gato.

Lo que no entiendo, y quizás me faltan luces para comprender, es por qué se protege tanto a los pumas y no a las personas cuando requerirían un trato si no especial al menos igualitario.

No soy puma pero casi morí el viernes pasado cuando por un asunto puntual tuve que salir de mi “cabaña”, en la que paso el día y pernocto desde hace seis meses por dictados de la pandemia. Pero una cosa es salir y otra muy distinta es no poder regresar.

Escenario: Plaza Italia, viernes 25 de septiembre a las 19 horas. Esa tarde tuve que atravesar en automóvil nuestra ya icónica Plaza Italia y comprendí que en Santiago no existe lo que se llama orden público que, me parece haber oído, es atingente a toda democracia.

Lo que más me llama la atención es que desde un tiempo a esta parte se habla de los hechos de octubre pasado como si fueran eso: pasado. Pero… ¿será cierto lo que estoy escribiendo? Desgraciadamente lo vi con mis propios ojos.

Transeúntes  que no eran transeúntes porque a mí al menos me parecieron delincuentes, arrojaban peñascos o ladrillos a quienes osábamos cruzar de un extremo a otro, atrapados en un taco de buses y automóviles, y a ojos vistas del general Manuel Baquedano que si bien ahora luce reluciente no me extrañaría que tarde o temprano vuelva a aparecer, en vez de gallardo y heroico, como un pobre mamarracho pintarrajeado por los chilenos, es decir, sus propios compatriotas.

Era difícil manejar y sortear largos palos con clavos inmensos y puntiagudos destinados no supe si a mí o a los guanacos, vehículos que junto a carabineros impasibles (tienen órdenes superiores y a ellos no se los puede culpar) permanecían inmóviles mientras solo observaban este campo de batalla donde hasta se había prendido una fogata, todavía a plena luz del día. A las siete de la tarde.

Sí, reitero. Las autoridades hablan del 18 de octubre en pasado. Como si esos hechos fueran pretéritos. ¿Y este “25-S” que yo acabo de vivir? El vandalismo, porque eso no es expresarse sino vandalismo, me pareció que está incólume y las que más me llaman la atención son las palabras del nuevo (ya no tan nuevo) ministro del Interior que días después de asumir dijo en una entrevista, lo recuerdo claramente, “no podemos ser rehenes de la violencia”. Y lo seguimos siendo.

Al día siguiente de mi reciente 25-S leí en la prensa una noticia escuálida que informaba de una marcha pacífica de funcionarios de la salud (que dicho sea de paso, puso en jaque mi propia salud), a la que se sumaron grupos de encapuchados, cerraron el paso de vehículos y provocaron desórdenes, lo que obligó a personal de Control de Orden Público a proceder con medios disuasivos. Medios disuasivos que no alcanzaron a protegerme (si los hubo deben haber recibido la orden de actuar con bastante posterioridad) durante mi angustioso paso por la Plaza Italia en una luminosa tarde de septiembre, cuando se supone que en Santiago al menos ya se ha restituido el orden público.

Entretanto sigo procurando reflexionar sobre la frase del ministro del Interior: “No podemos ser rehenes de la violencia”. 

 

 

Lillian Calm

Periodista

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