CALDO DE CULTIVO

 

Lillian Calm escribe: “Espero equivocarme absolutamente porque sé que el Congreso busca atascarlo todo, pero me temo que también esta impasibilidad -mientras se incendian más y más camiones, se suceden las protestas vandálicas, se impide el libre tránsito y se pintarrajea a nuestros héroes patrios- se debe en gran parte al temor de las autoridades a ser, cuando dejen de ser tales autoridades, juzgadas por organismos internacionales de esos que se autoproclaman defensores de ‘derechos humanos’”.

¿Qué pasa que el Gobierno está como paralizado?, es la pregunta que aparece  en una y otra conversación. ¿Es inercia? ¿Es realmente paralización? Quizás, pero a mí personalmente me persigue un mal pensamiento: que estamos ante una auto paralización.

Espero equivocarme absolutamente porque sé que el Congreso busca atascarlo todo, pero me temo que también esta impasibilidad -mientras se incendian más y más camiones, se suceden las protestas vandálicas, se impide el libre tránsito a conductores y peatones, y se pintarrajea a nuestros héroes patrios- se debe en gran parte al temor de las autoridades a ser, cuando dejen de ser tales autoridades, juzgadas por organismos internacionales de esos que se autoproclaman defensores de “derechos humanos” pero que son, desde su mismo origen en el regazo de los organismos internacionales, entes parciales y  sesgados en su accionar.

(Una prueba más es el miope y parcialísimo informe que entregó ayer Amnistía Internacional).

Sí, reitero: soy mal pensada y no creo que el oficialismo esté paralizado solo por inercia sino, muy por el contrario, por el temor a que terminado este período caiga sobre sus actores la espada no de Damocles, pero sí de esa camarilla que conforman los defensores de los mal llamados organismos de derechos humanos, que una y otras vez precipitan la balanza nada más que para un solo lado. Como si la humanidad pudiera partirse en dos. Como si quienes no profitan (no encuentro un término mejor que ese extranjerismo) de esos beneficios internacionales, no tuvieran tampoco derecho… a derechos humanos.

Así, según este sino, a quienes hoy osaran imponer un orden público propio de un Estado de Derecho (veremos qué medidas se desplegarán en este aniversario del 18-O), se les impediría, finalizada esta administración, ser ciudadanos del mundo y por el contrario deberían conformarse de por vida a vivir en una condición de simples parias en la que se verían imposibilitados de circular libremente por el mundo.

Esa amenaza, estoy casi convencida, les lleva hoy a hacer prácticamente oídos sordos  ante la barbarie y el vandalismo. De otra manera no se entiende su no actuar. O su proceder con tanta tibieza. Y eso es precisamente lo que está convirtiendo a nuestro país, otrora con un Cielo azulado, en una tierra de nadie oscurecida por un grisáceo nubarrón que nos impide mirar al futuro.

Expresarse es un derecho, repiten las autoridades. Y es así. Pero expresarse no tiene por qué ser cada tarde, cada noche, sinónimo de destrozos, barbarie y salvajismo.  Menos, de vandalismo.

Me cuesta comprobar que el país esté dividido en dos: entre el bla bla bla del oficialismo y la tontera útil de la izquierda. Pero, en realidad, no es tontera útil. Saben actuar. La estrategia ahora parece ser, en vez de construir, parir a través de los congresistas una catarata de acusaciones constitucionales. Perder el tiempo. Empatar.

Repito: no es tontera útil. Es una estrategia bien pensada y racionalmente dirigida a cosechar.

¿El objetivo? Cosechar un caldo de cultivo que se traduzca no solo en más odio sino en la proliferación del descontento, que haga de los chilenos una población paupérrima y violenta, que ya ni siquiera contará con una jubilación, y que se consolide por esa vía el medio ambiente necesario (sí, el medio ambiente) para echar las bases de un nuevo orden social. No tan nuevo eso sí porque el comunismo ya lo ha implantado en otras naciones de nuestra América Latina y, desde su singular directiva criolla, nos está arrastrando nuevamente cuesta abajo, pero evitando caer ahora en los equívocos que ayer se cometieron en la ya lejana Unidad Popular.

Releo y releo la entrevista que el diario La Tercera le hizo al presidente de esa colectividad, Guillermo Teillier, y no puedo dejar de asombrarme una y otra vez. En una de sus frases que, por lo demás, fue utilizada de titular admite: “Si digo que no debe haber violencia, quiere decir que digo que no salgan a manifestarse y eso no lo diré”.

Por contraste no puedo dejar de recordar esa entrevista que illo tempore le hice a uno de los prohombres del Partido Comunista chileno, Volodia Teitelboim. Qué diferencia, pero es que Volodia era culto, inteligente y, ¿por qué no decirlo?, un señor.

 

 

Lillian Calm

Periodista

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