GERMÁN DROGHETTI SIGUE SORPRENDIENDO

 

Lillian Calm escribe: “…aunque no nos veíamos más que muy de tarde en tarde, nos escribíamos mails y Whatsapps, los que intercambiamos hasta esos últimos días en que ya se encontraba la Clínica Santa María donde murió a los 62 años contagiado por el Covid-19 y conectado a un respirador. Esos mails eran muy variados”.

Fue hace como treinta años. En un intermedio del Teatro Municipal se me acercó, se presentó y en un aparte (estábamos en un grupo) me dijo que había leído con mucho interés el libro que yo había escrito sobre los años en Chile de quien sería el futuro Pío IX. Ello porque estaba muy emparentado con sus propia familia.

Recuerdo dos hechos: el primero, que días después terminé tomando té cerca de la Plaza Bulnes en el departamento de sus dos tías mayores, quienes me mostraron cartas y fotografías de sus antepasados. Era cierto. El parentesco con el Papa era muy cercano.

Segundo: nació mi amistad con Germán que, aunque no nos veíamos más que muy de tarde en tarde, me comentaba mis columnas y nos escribíamos mails y Whatsapps, los que intercambiamos hasta esos últimos días en que ya se encontraba en la Clínica Santa María donde murió a los 62 años contagiado por el Covid-19 y conectado a un respirador.

Esos mails eran muy variados. Así por ejemplo en mayo de 2018 le pregunte:

“¿Cómo te ha ido con tus lides belgas?”, porque su fama internacional lo había llevado hasta los escenarios europeos.  

Respuesta: “Ya estrené hace una semana. Es la temporada en Gante y Amberes. Muy bien resultó. Puedes ver fotos en Internet: Clemenza di Tito, Gent (Gantes)”.

Ahí tuvo a su cargo diseñar todo el vestuario.

A fines del año pasado el tema tratado era muy diferente: escribí una columna sobre el general Manuel Baquedano, el que le dio el nombre a la vapuleada Plaza Italia y comenté que él había estudiado en el Instituto Nacional. Germán me comentó: “Quedé con un nudo… Yo también soy institutano. Quizá ya ser un buen ser humano no está de moda. Y tampoco la dignidad”.

Luego en mayo de este año escribí una columna relativa al libro del Papa Francisco sobre la pandemia. Con fecha 31 de ese mes recibí un mail de Germán:

“Hoy leí tu texto desde mi ventana de la nueva clínica Santa María. Estoy desde el lunes ya que apareció en mi vida el coronavirus. Espero sea todo muy rápido. Ya quiero irme a mi casa”.

Cuatro días después: “Hola Lillian. Todo va lento. Es un virus que se defiende muy bien. Acá los doctores no hablan mucho, a menos que tú los interrogues. Pero estoy haciendo lo que se necesita y apenas pueda te mandaré ‘reportes’ de qué es lo que les puedo sacar. Todos saben ser doctores pero nadie sabe ser paciente…”.

Recibí uno o dos mails más y ante su agravamiento no pude dejar de aconsejarle: “Pide un sacerdote para que te ponga la Unción de los enfermos. Ayuda muchísimo”.

Me respondió de inmediato: “Te agradezco el consejo de corazón”. Y muchos signos de exclamación.

Luego supe que lo habían conectado a un respirador y el martes 16 de junio recibí un WhatsApp de mi amiga Catalina Larraguibel, periodista que trabajó en el Teatro Municipal: “Lillian, Germán falleció a las 11 de esta mañana”.

En realidad no entendí que los medios informativos fueran tan parcos -solo unas líneas- para dar la noticia, especialmente cuando podrían haber ilustrado sus páginas con los magistrales dibujos y bocetos de Germán Droghetti. Su arte era verdaderamente arte.

En 1985 ganó un concurso del Teatro Municipal de Santiago para realizar escenografías y vestuarios. Su genio estuvo presente en La Cenicienta, en Madama Butterfly y  Aída. En   Carmen, El barbero de Sevilla, en La flauta mágica y en fin… también en tantos ballets.

Hace un par de días me llamó una sobrina suya a quien yo no conocía: Antonia. Me preguntó si me interesaba adquirir “el libro” de Germán. Por supuesto, le contesté que sí.

No era un libro. Era mejor que un libro.

Hace unas horas llegó a mi casa una gran caja ilustrada con sus dibujos y adentro más sorpresas, todas de cartón: cuatro escenarios: palacio, cabaña del bosque, bosque mágico y  mundo del mar. Más diecisiete personajes recortados: reina y rey, princesa y príncipe, dos sirenas, Poseidón y Tritón, unicornio, dos perros, gato, bruja, familia campesina, dos niños campesinos, padre y madre…

Y un consejo de Germán para los niños: “Inventa historias y ponle nombre a los personajes”.

También una advertencia: “4 años y más”.

Como estoy en el ranking, me lo dejaré para mí.

 

Lillian Calm

Periodista

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