A LOS MUERTOS DEL COVID

 

Lillian Calm escribe: “…tras esos fríos guarismos hay muchos ‘yo’, tantos como muertes anuncian diariamente los medios informativos. Detrás de esas cifras hay personas con sus nombres y apellidos, con sus vidas, sus familias, sus preocupaciones, sus inquietudes, sus anhelos y esperanzas”.

Cuando oigo que ayer en tal parte -no solo en Chile sino también en otros países-  los muertos por la pandemia apenas fueron X me da un vuelco no solo el corazón, lo que suele ser un lugar común, sino también el alma. Porque el alma, al menos la mía, también suele dar vuelcos.

Por supuesto, y no lo niego, X es menos que Z y ya es un avance, un verdadero logro contra el virus. Un deseado aplanamiento de la curva.

Por lo demás, si no es con números cómo vamos a sumar, cómo llevar la contabilidad de miles y miles, cómo se pueden elaborar estadísticas y tasas de letalidad…  Pero sin convencerme siempre tiendo a lo mismo: al menos en mi imaginación, a tratar de desglosar esa X.

Y la desgloso porque tras esos fríos guarismos hay muchos “yo”, tantos como muertes anuncian diariamente los medios informativos. Detrás de esas cifras hay personas con sus nombres y apellidos, con sus vidas, sus familias, sus preocupaciones, sus inquietudes, sus anhelos y esperanzas. Hay tantos “yo” para cada circunstancia. Un yo con su personalidad, preocupaciones, alegrías y cuitas, conocimientos, decepciones, tristezas y también desesperanzas.

A veces pienso que al enfrentar así las cifras tal vez yo esté solo desvariando. Pero hay otra posibilidad: quizás me marcó para siempre un libro de Guillermo Blanco, mi profesor de redacción en la Escuela de Periodismo, que se titula “Los borradores de la muerte”. Y de ahí saqué ahora esta idea que tenía guardada en algún rincón de la memoria

Lo releí rápidamente (no lo retomaba desde la década del sesenta) y en realidad es más bien un párrafo, un largo párrafo  nada de corto el que me causó tanta impresión. Dice así el autor:

“Como periodista, me preocupaban los muertos. De qué modo contárselos al lector para que los sintiera, para que  no escabullera el bulto a una verdad tan simple y tan profunda como esta: cuando mueren diez hombres en un desastre ferroviario, quince en un accidente aéreo, treinta y dos en un combate, son diez, quince, treinta y dos ‘yos’ que dejan de vivir. Pero ‘yos’ no metafóricos, sino reales: gente hecha de pasado y esperanzas; con un presente igual que mi levantarme en la mañana y mi leer el diario y mi sonreír, mi estar triste, mi amar y mi hacer planes y mi tener esperanzas y aprensiones; con un futuro que se cortó bruscamente: un pudo ser, un debió ser, que no fueron. Un yo como yo que, sin razón, desaparece, y después de serlo todo –el eje del mundo- no es nada. A lo más una noticia, un recuerdo; un dolor que pasa  a ser tristeza, luego nostalgia, luego nada”.

Hoy ese gran profesor, Guillermo Blanco,  tampoco está. En agosto ya van a ser diez años de su muerte.

Entretanto al desastre ferroviario, al accidente aéreo, al combate, yo le agrego ahora esta pandemia inclemente y solo puedo escribir, convencida:  afortunadamente tras esos “yo” hay tantas almas como muertos y la verdad verdadera es que las almas nunca mueren.

 

 

Lillian Calm

Periodista

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